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Libre pensar

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¡Arriba!, dominicanos  en exterior

Mi sobrino Melvin nació en Nueva York, pero obra como un dominicano de pura sangre y afirma que siente la pasión de dominicano. Sueña con la ciudadanía de la tierra de donde están las raíces de sus ancestros: la República Dominicana, que le atrae más que Estados Unidos.

Melvin suspiró el 10 de junio de 1994 en Union Hospital, de El Bronx, pero le arropa la sensación de que fue en República Dominicana, en virtud de que abraza con más fervor sus símbolos patrios, y degusta con más deleite el arroz, las habichuelas, la carne, los pasteles en hojas y los pastelitos, y baila con más soltura el merengue y la bachata.

Identifica a simple vista a los oriundos por sus relatos fantásticos de cómo fueron criados, sus chistes, la jactancia que sienten por su origen y la gran cantidad de pequeños negocios que han instalado en esa urbe. Para el hijo menor de Rafael Martì y Miriam Lòpez, los artistas y peloteros dominicanos son los mejores y en las escuelas neoyorquinas se aprende más fácil con los maestros criollos, porque son más amenos.

Señala que en los bandereos y la graciosidad en las paradas de Manhattan y el Bronx se refresca imaginándose la candidez de la gente, las calles, playas y el clima, y en la Guardia Communitty College, donde se tituló en ciencias sociales y humanidades, entre los iguales promovía la cultura y valores dominicanos.

Para Melvin, la bandera es una energía dominicanista. Venera los símbolos patrios (la bandera, el escudo y el himno nacionales) y las figuras de los padres de la patria, Duarte, Sánchez y Mella, y hace un gran esfuerzo por practicar su ideario. Por esa razón le gustaría pertenecer al Instituto Duartiano en la urbe de residencia.

Melvin representa una muestra. Hijos de padres o madres nativos con extranjeros, nacidos en Estados Unidos, Europa y otros territorios, se definen, con altivez, como dominicanos, aunque nunca hayan venido a la República Dominicana.

La herencia sanguínea, cultural y patriótica se impone a la foránea de la pareja, como un torrente cálido y abrazador.
El originario residente en el extranjero predica con el ejemplo: prefiere el plato nacional, sigue, día a día, los aconteceres de su patria; proclaman que vivirán los últimos años de su vida donde les cortaron el ombligo, y dejan de tirarse un bocado para mandar “cosas” a sus familiares.

Durante la batida del Covid-19 se desbordó la solidaridad de autóctonos radicados en un 90% en Estados Unidos, España e Italia. Sus remesas alcanzaron, en septiembre, 777.4 millones, para incrementarse a 5 mil 849.8 millones, o sea, un 31.7%. Ellos se acoplan en la templanza, esculpen asistencia, destilan amor, sirenan patriotismo y delician con su gratitud.

Por: Oscar López Reyes
oscarlopezperiodista@gmail.com

El Nacional

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