Opinión

Los 40 años de Leonel

Los 40 años de Leonel

Cumplidos los 40 años, Leonel Fernández y yo éramos aún jóvenes, llenos de ideales. La esperanza de un mundo mejor nos unía y llenaba de felicidad.  ¿O es que sólo son “felices quienes conocen las causas de las cosas”?  De ser así, Aristóteles nos despojaba, entonces de esta oportunidad.

No puedo decir,  sin embargo, que anduviéramos juntos,  de la mano. Ni siquiera nos conocíamos, a no ser en furtivos e indiferentes saludos.  Más bien, en un encuentro premonitorio, grabado y contado en el que Leonel se confiesa abanderado de las mejores causas, radicalmente opuesto al robo del erario y la corrupción gubernamental en todas sus formas.

Los felices 90 amenazaban con despojarnos de la comodidad acostumbrada a lo largo de los 70 y los 80. Fans de los Beatles, émulo  de Travolta, la Fiebre del Sábado por la Noche competía con los  privilegiados Cien Años de Soledad que nos prodigara García Márquez.

La naturaleza humana se nos revelaba de otra forma con Shakespeare. Romeo y Julieta, Julio César o El Mercader de Venecia, nos fascinaban. Chesterton, Víctor Hugo o Platón, nuestros santos. Todo  reducido a esa magia.

Tesoros ambicionados y, en cierto modo, logrados con el solo hecho de compartirlos, Sin importar el caudillo que nos atrapara en sus promesas y santidad. Él con Bosch, yo con Balaguer. Uno idealista y el otro  pragmático, 

Evidentemente opuestos, pero aliados de manera sospechosa en un propósito: frenar el paso a Peña Gómez y el PRD. Leonel estará, entonces, obedeciendo un mandato.

Lo cierto es que seguimos prefiriendo el Leonel de los 90, el que guardamos en un retrato de 1993, con sus 40 años. Sereno, pausado, locuaz, enterado, humilde. Afectivo y, sobre todo, caballeroso. Quienes han estado cerca del Leonel de estos años nos dicen que conserva mucho de estos rasgos personales.

La identificación generacional que, en cierto modo, une a los contemporáneos, se convierte, con frecuencia, en una trampa que conduce alternativamente a la complicidad o al reproche. ¿Saludos o vergüenza ajena? 

No es de lo se trata en estas divagaciones, buenas para recatar valores y recuerdos, salvando así lo   aprovechable en los aciertos y errores  a lo largo de estos veinte años.

Echando a un lado aquéllos 40 años, en los que vivimos, sin enterarnos, felices, libres y en peligro. Pasando balance, Leonel, yo y todos los de nuestra generación, guardando la distancia, aclaro, debemos pasar revista y preguntarnos qué nos queda de esa libertad. Entendiendo, como el poeta, que riqueza no es libertad, como aprendimos antes de cruzar la frontera de los 40.

El Nacional

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