El vocablo feminicidio, si aceptamos la definición de Diana Russell, se aplica a la violencia manifiesta contra la mujer por ser mujer, con las implicaciones sociales y del cuerpo que esto significa.
De inmediato se nota que esta afirmación no designa a todos los casos de violencia doméstica donde es imposible aislar una causa única, pues el detonante está ligado a una ya compleja red de factores como el contrato, la pérdida, el apego.
La violencia entre hombres y mujeres es cada vez más evidente en un escenario de lucha de poder y desplazamiento de la figura masculina como centro de la cultura occidental.
Empero, reducir la violencia manifiesta a la cuestión ideológica en una moribunda sociedad patriarcal, implicaría que en la medida en que la asimetría del poder disminuyera, habría cada vez menos violencia de genero. Pero es todo lo contrario.
Según el discurso del feminicidio, la violencia de género es en sentido lato una práctica marcada en el cuerpo masculino que se ejerce sobre el cuerpo de la mujer, resultado de una relación de poder en la que la mujer es sometida (víctima) y el hombre detentador (victimario).
Es obvio que la mujer también participa activamente de la violencia social en diferentes escenarios relacionales, y también es obvio que ha habido violencia manifiesta (física) ejercida por mujeres contra hombres.
No discutimos que el hombre recurre con mayor frecuencia a la violencia física, pero la misma cultura patriarcal que afecta la psicología colectiva hace borroso las posibles estadísticas de los casos donde los hombres son víctimas. Por miedo a la burla (que también es violencia) e imbuido de un poder imaginario, el hombre oculta cualquier forma de intimidación donde haya tenido un rol pasivo.
Los medios otorgan menos cobertura a los casos en donde la violencia deja trazas en un cuerpo masculino, y cuando lo reseñan enjuician que la violencia femenina ha sido una respuesta a una historia previa de abuso. Justificación de lo políticamente correcto.
Es importante incorporar aquí la cuestión vincular. Un sujeto se relaciona con otro a través de una serie de envíos en forma de mensajes que el otro traduce en una compleja red comunicacional.
En esa red se articula y constituye una relación de poder que, en el caso de las parejas ambos consienten.
En la cultura patriarcal esta relación de poder parecería estar predeterminada, sin embargo no es tan simple saber en qué lado está el poder en la dinámica de pareja solo tomando como parámetro un cierto poder social.
Muchos chistes ilustran este canje y juego del poder en la pareja que aunque tamizado por la cultura patriarcal, ilustra la movilidad de la relación de poder.
El poder no existe a menos que se ejerza. Lo vincular está relacionado con ese ejercicio. Pongamos por ejemplo el vínculo desamparado-amparador.
Allí parecería que el ostentante del poder es el amparador, pero una mirada más de cerca revelará detalles, como el manejo del narcisismo, que pueden convertir al desamparado en manipulador, esclavizando al amparador. Las formas y los movimientos vinculares hacen girar el juego del poder. Son múltiples las dinámicas internas de las relaciones.
El neologismo feminicidio solo podría ser aplicado en el caso de perpetradores y violadores sexuales o asesinos en serie que hayan seleccionado como víctima a las mujeres y sería muy reduccionista en violencias vinculares hombre-mujer.
Esto recuerda la enfermiza declaración del destripador de Milwaukee, cuando se le preguntó si asesinaba negros por una cuestión racista: la carne es más dulce, respondió el psicópata caníbal. Asesinatos étnicos es una frase que no podía definir su conducta predadora.
Los feminicidios son crímenes de odio y misoginia, es otra afirmación de Russell que no encaja en los casos de violencia doméstica.
En la violencia física ejercida por un hombre contra una mujer no predomina la condición de odio a la mujer como género. Un abusador doméstico podría ser un excelente hijo o hermano, y tener graves conflictos emocionales con su pareja.
Una espiral de violencia donde se involucra un hombre que ha comprometido elementos como el apego, amor patológico y celos, no puede ser explicada con este estrecho marco.
Los laberintos del lenguaje parecen atrapar a los creadores de neologismos. En el caso de feminicidio, lo primero que resalto es el término femenino.
