Opinión

Madiba

Madiba

Hay imágenes que marcan la conciencia y un antes y un después en la vida de quienes hemos tenido la suerte o la desgracia de recibirlas.  Una de ella es la del presidente Salvador Allende con un rifle en una ventana, disparándoles a los aviones que bombardeaban La Moneda, en uno de los capítulos más dolorosos de la historia latinoamericana.

Gentilhombre, amante de la poesía, gran amigo de Neruda, mecenas del arte, prototipo del caballero burgués de nuevo cuño y como tal socialista, Allende no solo fue una víctima de la CIA (¡oh mil veces infame Richard Nixon! ¡Mil veces criminal Kissinger!), sino de la intransigencia de una izquierda acostumbrada al martirologio y la oposición durante los gobiernos de derecha, y vociferante cuando por fin tiene la oportunidad de la reforma. 

Fueron muchos mis debates, casi peleas, con el MIR, en Nueva York, tan responsable del golpe como la derecha.  Los pueblos tienen la virtud de aguantar vejámenes en los gobiernos de los cuales no esperan nada, pero el defecto de acelerarse cuando se logra avanzar en un proceso de cambio.  Entonces todas las demandas que han estado a la espera de resolución se plantean de golpe y se arrincona a los Allende con demandas momentáneamente insostenibles.  Las imágenes de Victor Jara, la lengua y las manos cortadas, en el Estadio de Santiago, confirmaron lo que sabemos, que la única que no se equivoca nunca es la ultraderecha, y el listado de dictadores y masacres en nuestra región es muy largo para un recuento.

¿A que viene esto?

A que presionados por un supuesto clamor popular, caso Hipólito, los presidentes se dejan llevar muchas veces de los cantos de sirena y cometen errores que les cuestan la presidencia y la popularidad.  Ensordecidos por los pequeños intereses, olvidan que cuatro años  no son nada en la trayectoria de un líder, al margen de su orientación política, y se abocan a la reelección,  olvidando la gran lección de Nelson Mandela, a quien 27 años de prisión, (18 de ellos en una cantera de cal, con visitas y cartas cada seis meses), no pudieron destruirlo ni tampoco hacerlo creerse indispensable.

Si algo le enseñó la cárcel fue a tener los pies sobre la tierra, a jugar el papel que tenía que jugar en la transición hacia la democracia multirracial de su país, y a retirarse a vivir la vida, la única que se tiene, para volverse a casar (¡a los 80 años!), escuchar la música de Handel y Tchaikovsy, que ama, y dedicarse a la lectura.

¿Qué ganó renunciando a la presión de quienes tienen corta mira?

La inmortalidad y el cariño universal,  rara combinación que no logran quienes se aferran al poder; ni quienes ignoran que, en la historia, cuatro años son nada.

El Nacional

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