Fue la de anoche una jornada en que chocaron sus palmas las emociones y la justicia.
La entrega del Premio Nacional de Literatura 2015 al narrador y ensayista Roberto Marcallé Abreu, realizada anoche en el Teatro Nacional Eduardo Brito, sirvió para poner su nombre en la historia de las letras nacionales.
La entrega del PNL por parte de la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura, se entregó tras ser concedido por un jurado integrado por los rectores de seis universidades y un representante de la FC y el Ministro de Cultura, José Antonio Rodríguez.
Ese veredicto, determinado tras analizar varias postulaciones, eleva a Marcallé al selecto conjunto de creadores literarios ganadores del más alto galardón que reconoce la labor creativa en las letras.
El premio consiste en un pergamino y una dote de un millón de pesos.
El director ejecutivo de FC, el maestro Jacinto Gibernard, sostuvo que el objetivo de la literatura radica en el placer y la reflexión que deja al lector.
Emotivas las palabras de un escritor que tuvo como espacio vital de trabajo, a los libros y las formas por años,
Alex Ferreras, poeta,m presentó la semblanza del escritor reconocido, ofreciendo una detallada panorámica de los pasos de vida del premiado, desde sus primeros infancia, hasta la más reciente de sus obras.
El ministro de Cultura, José Antonio Rodríguez, sostuvo que el premio coloca a Marcallé en la historia, quedando unidos, premiado y premio, por un hilo fino y desapercibido pero irrompible, respecto del cual ambos deben cuidarse en el tiempo porque el descuido de cualquiera de los dos, les llevaría a caer de igual forma en peso y forma.
Roberto Marcallé, por su parte, y cerrando las intervenciones, en una pieza breve y rica en belleza literaria, hizo reflexiones sobre el papel del escritor y agradeció a Fundación Corripio y al Ministerio de Cultura, el premio.
Artísticamente el acto iníció con Rafael Solano Solano al piano y la voz intacta y hermosa del tenor Niní Cáffaro, una de las de mayor permanencia en el arte popular.
Discurso
Agradezco a la Fundación Corripio, y particularmente a su fundador, el amigo de muchos años José Luis Corripio Estrada, Pepín, al Ministerio de Cultura, dignamente representado por José Antonio Rodríguez, a los Honorables Señores Rectores, a don Jacinto Gimbernard, al doctor Jorge Tena Reyes, al licenciado Miguel Phipps y al profesor José Alcántara Almánzar por su aleccionadora probidad intelectual.
Este Premio Nacional de Literatura posee un significado tan íntimo que me resulta difícil describirlo con palabras. Pienso en Vasili Grossman, escritor ruso fallecido en 1964 y en su novela Vida y destino. Grossman nos advierte que la libertad y la conciencia pueden ser aplastadas por aquellos que procuran que el hombre pierda su capacidad de sentir y amar.
Chinua Achebe, escritor africano de trascendencia universal, nos cuenta a su vez de un hombre fuerte y orgulloso que es testigo impotente de la liquidación de su pueblo. Esta es la condición del escritor. Y este es el compromiso que con énfasis nos recuerda este momento.
Ser parte de esta lista tan selecta de hombres y mujeres de letras significa que mi vida acaba de ser impactada de manera crucial. He reflexionado que este Premio Nacional de Literatura supone implicaciones que trascienden lo material y tocan de forma decisiva nuestro yo espiritual
Cuando uno de los personajes de mis novelas atraviesa por una situación complicada cierro los ojos y reflexiono. Consciente de que en esta ocasión yo era el personaje, me descubrí de repente en la agreste falda de una montaña. En las alturas vislumbré varios rostros. Se trataba de aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de varios decenios, han recibido este Reconocimiento.
Entonces, me observé a mí mismo, cuando, sin estar totalmente consciente de ello, ya había emprendido el camino. Apenas era un niño. Tenía a mi favor la curiosidad, el ímpetu y una poderosa vitalidad.
Mirando hacia atrás me pregunto el significado de este galardón. Y me respondo que en este ahora mis créditos se han multiplicado y mi responsabilidad personal se extiende en la distancia. Hacia las letras, hacia todos ustedes, hacia mi esposa, mis padres, mis hijos, mis hermanas, mis amigos y mi pueblo. Anhelo que sientan y vivan lo que yo siento y vivo. Deseo vivamente que piensen en lo que significa dedicarse a este oficio.
En aquellos tiempos lejanos empecé a descubrir la gente y las calles del barrio donde llegué a la vida. Yo observaba los rostros, los gestos y las actitudes de los hombres, las mujeres y cuanta persona me rodeara.
Adiviné que en cada individuo que cruza a nuestro lado se oculta una historia. A veces cuando retornaba del colegio mi atención se proyectaba en numerosas señoras que caminaban a mi lado. Llevaban vasijas. Sus ropas eran viejas y descoloridas. Se cubrían la cabeza con pañuelos de tela áspera para protegerse de la violencia del sol. Les daban como limosna alimentos cocidos para el sostén de ellas y sus familias. Sus rostros eran tristes y en los gestos era fácil vislumbrar un dejo de resignada amargura.
Quizás este fue uno de mis primeros contactos con personas a quienes una existencia desafortunada ha arrastrado a los abismos de la dignidad perdida.
En esos años, como ahora, todo convocaba mi atención. El olor a café de las mañanas. La brisa que estremecía los pinos, y los arbustos de cayena. Los aguaceros que inundaban las vías. Al decidirme por las letras, me transformé en un testigo. Yo ya era un testigo.
Observaba el ámbito de otro barrio, el Don Bosco. Rincones poblados de cajuiles solimanes y acacias. No eran las mismas personas en sus maneras de caminar y hablar, de vestir y comunicarse a los que estaba acostumbrado. Más allá, se extendía Gascue. El silencio era casi opresivo. Las casas eran mágicas y de una arquitectura misteriosa. Recuerdo sus jardines de pinos enanos, sus trinitarias.
Me atenazaba el imperativo de escribir, recrear una vida y su universo con una simple mirada. En una ocasión mi madre me cuestionó sobre esas historias que yo le leía. Me decía, entonces, de manera misteriosa: “Parecen de verdad… y no lo parecen”.
En una sala privada de mi padre descubrí decenas y decenas de libros. Tomé uno al azar. Creo que se trataba de Los miserables de Víctor Hugo. Empecé a hojearlo y ya no pude abandonarlo. Descubrí luego a Dumas, Verne, Feval, Wilde, Papini, Jorge Wells, Stevenson, Shakespeare, Homero.
Los libros me provocaban y enaltecían. Mi vida se estaba transformando en una aventura. Sentía la necesidad de buscar un significado a todo, darle un sentido o esclarecer secretos que me estaban vedados.
Recuerdo el rostro de mi padre cuando retornaba al comedor tras escuchar a escondidas emisoras foráneas que criticaban a Trujillo. Pese a que en la sala un cuadro proclamaba que “En esta casa Trujillo es el jefe” cuando se anunció que el dictador había sido ultimado, su alegría lo traicionó. Gritó: “Está muerto y nadie va a revivirlo”. La cena de esa noche fue una celebración.
Era el 1961. De repente las calles se llenaron de gente impetuosa. Se escuchaban disparos y se derrumbaban estatuas. Las personas evidenciaban cambios drásticos en su actitud. Los hechos se sucedían sin tregua: la elección y derrocamiento de Bosch, las guerrillas encabezadas por Manolo, la insurrección del ´65, la invasión estadounidense.
Se escribía la historia día a día. Nunca se sabía del todo cuanto pasaba y de ahí la necesidad de ayudarse con la imaginación y el pensamiento. Los ojos del escritor son escrutadores. Intuyen su inclinación por las verdades trascedentes, por la defensa de los débiles y las víctimas. En las honduras de su ser detesta la manipulación y los intereses inconfesables.
El escritor crea personajes, tramas, encrucijadas. En las consecuencias reposa el destino de todos. Observemos el horizonte: los riesgos son mayores ahora. El hombre de letras nos sostiene en la tarea de descifrar las señales. La literatura es un escenario crucial donde se debate el bien y el mal. Y nuestro destino.
Juan Bosch dijo en una ocasión que el escritor es un hombre de su tiempo y por serlo tienen que afectarle las condiciones en que viven las personas. Estas palabras representan las motivaciones esenciales que han conducido mi ejercicio literario por decenios. Y son las verdades y las metas que me han servido de inspiración y guía. El otorgamiento de este Premio Nacional de Literatura nos indica que no hemos errado el camino.
Manuel Rueda nos decía que el hecho de escribir es un misterio que guarda relación con el espíritu del hombre. Y añadía: Existe el mundo como escritura, como cuerpo de un dios cuyas partes son los hombres, las tierras, las montañas, los ríos, los mares, los animales, los peces.
Albert Camus nos manifiesta en El mito de Sísifo: “Instalo mi lucidez en medio de aquello que lo niega. Exalto al hombre ante lo que lo aplasta y mi libertad, mi rebelión y mi pasión se unen entonces en esta tensión, esta clarividencia y esta repetición desmesurada.”
Quienes han recibido el Premio Nacional de Literatura no ignoran que ellos deben ser portadores de una luz intensa, una luz que desnuda las noches, la oscuridad, las pasiones, este presente cargado de brumas y un futuro que no deja de ser inquietante. Muchas gracias.
Roberto Marcallé Abreu

