Tras ver Melocotones, la sensación que queda en el espectador es que ha estado frente a un espectáculo visual que inspira respeto, en el que se han cuidado desde la adaptación de la novela en que se basa hasta los factores interpretativos y técnicos, al punto que entierran por siempre el criterio superficial que lleva a mucha gente a decir: “Yo no veo cine dominicano”. Ya no será así.
Héctor Manuel Valdez (director y co-guionista) y José Ramón Alamá (productor y co-guionista) se ponen al frente de un equipo que se propuso lograr una obra fílmica impecablemente realizada.
Resaltan la fotografía de Juan Pablo Gómez, cromáticamente apastelada para dar esa sensación de la fábula comic. Su edición (a cargo de Teresa Font), que demandó tremendo cuidado debido a la entrada y salida de los mismos personajes en diferente tiempo “simultáneo” y el diseño de sonido de Franklin Hernández, muestra de la trascendencia del universo sonoro que le otorga personalidad y sentido.
Mención especial merecen los efectos especiales, creíbles y coherentes para un cine de clase mundial.
Las actuaciones de Pedro Vives, María Guinea (demasiado españoles en su lenguaje), el argentino Joaquín Ferreira y la breve y determinante participación de Frank Perozo, otorgan un valor actoral a Melocotones.

