Que los diplomáticos de Estados Unidos son, en su mayoría, agentes de los organismos de inteligencia. Que el presidente Leonel Fernández, como su antecesor Hipólito Mejía, es un gobernante que pide permiso y da explicaciones a la Embajada de Estados Unidos como si se tratara de la instancia a la cual debe reportar los resultados de su labor diaria. Que jueces, legisladores y funcionarios del entorno presidencial constituyen una claque y que se disputan entre sí el favor de los jefes de la oficina ubicada en la avenida César Nicolás Penson, y en esa disputa hacen el papel de delatores y también son delatados… Se diría que todo esto se puede leer en los espacios en blanco de la correspondencia diplomática filtrada hacia Wikileaks, pero es demasiado evidente.
Se diría que fue puesto ante nuestros ojos para que no dejemos de verlo.
Habría que preguntar si se trata de una filtración o de la necesidad de enviar a la clase dominante un mensaje que no es fácil ofrecer en forma de receta: el mensaje de que su ejercicio debe pasar a otra etapa, porque la ilegitimidad es inocultable.
En el ejercicio de la coerción de clase, muchas figuras se han desgastado y muchas instituciones se han desacreditado.
La Embajada (la mayúscula es a propósito) se presenta ante la población como la institución que maneja sobre sus escritorios lo que el pueblo dice en las calles.
No es casual la mención de militares como Rafael Bencosme Candelier, Manuel de Jesús Florentino y Florentino y Pedro de Jesús Candelier.
La corrupción, la encarnación de la fuerza bruta y la ligazón con actividades ilícitas, son viejos comentarios… El mensaje a la clase dominante es que debe ser clandestina su relación con esas figuras. (A pesar de que el poder USA no puede ocultar que protege a terroristas como Luis Posada Carriles y el difunto Orlando Bosch).
¿Y los nombres guardados? ¿No han visitado la Embajada los desacreditados? Arrogantes y genuflexos, conjunción asquerosa.

