Mientras a las neuronas de mi rebuildeado cerebro, nada menos que en el Presbiterian Memorial Hospital de Nueva York, le estén llegando informaciones contradictorias, como el anuncio de la muerte de Osama Bin Laden; la reacción del fundamentalismo islamista, que lo tilda de totalmente infundado; y la que afirma que el cuerpo del líder de Al Qaeda fue arrojado al mar, no hay manera de hacerme creer lo que considero una patraña algo más que asquerosa.
Sin embargo, acicateado por las dudas que genera el hecho per se y las que aportan las diversas opiniones; y, sobre todo, aferrado a lo que aconseja el filósofo francés René Descartes, cuando se dificulta conocer la verdad, se me ocurre que no sería ocioso tener en cuenta lo que sugiere el criminalista italiano César de Beccaria cuando de descubrir el autor de un crimen se trata.
Descartes propone en su ensayo El discurso del método llegar a la verdad a través de la duda.
Beccaria, por otro lado, plantea en su tratado De los delitos y las penas que la primera pregunta que debe formularse el investigador de un crimen, es a quién beneficia. Si por la confusión, las interrogantes y los prejuicios que actualmente giran alrededor del suceso, se pudiera establecer el beneficiario, es obvio que se trataría del propio Barack Obama.
En ese sentido, pienso que hay que recordar, por cuanto podría ser la punta de un iceberg conspirativo de magnitud y consecuencias insospechadas en contra del primer mandatario estadounidense, que por primera vez en toda la historia de Estados Unidos, se ha cuestionado la pureza ciudadana de su presidente, y que hasta el momento del anuncio de marras, sólo se había tocado lo concerniente al Jus Solis.

