Opinión

Miedo y dominación

Miedo y dominación

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Como reacción bioquímica que alerta, que pone en sobre aviso nuestro organismo con grandes liberaciones de catecolaminas —como la adrenalina y la noradrenalina—, el miedo ha sido vital para la supervivencia del hombre y de todas las criaturas pertenecientes a un orden zoológico organizado. Pero fuimos nosotros los humanos quienes tras incorporarlo aceleradamente a nuestro inventario cultural en el paleolítico superior, lo hemos manipulado para transformarlo en el arma más efectiva para el control de los mecanismos sociales, de las relaciones domésticas, de los procedimientos pedagógicos y, por supuesto, para los esquemas políticos que sistematizan el mando duro, violento y cruel.

Reyes, faraones, jerarcas religiosos, profetas, emperadores, tiranos, señores feudales, dictadores, historiadores, empresarios, poetas, esposos, amas de casa e, inclusive niños, han utilizado el miedo para obtener sinecuras y operar y socavar deseos e ilusiones sobre millardos de seres humanos, desde el tiempo mismo en que la antropología cultural hizo su aparición, esclavizando, mortificando hasta la tortura y llevando a las víctimas de esa simple reacción bioquímica que la naturaleza introdujo en nuestros cuerpos para alertarnos a estados anímicos en donde convergen, aceleradamente, los horribles síndromes del pánico extremo o de la sofocante paranoia. Y lo peor, hacia una oscura locura sin retorno.

Todas las religiones mágicas apelaban al miedo para garantizar la adhesión a sus cultos. Lo utilizaban los jefes de clanes para imponer su protección, lo implantaban los maridos para ganarse la fidelidad de sus mujeres, así como los propietarios de fundos para esclavizar a sus empleados.

Con el correr de los milenios, el miedo se culturizó de tal manera que ha podido incrustarse en los cánones, en las reglas, en las leyes, en los fundamentos mismos de las sociedades, creciendo como una bola de nieve hasta nuestros días, por la macabra razón de que los que siempre lo han manipulado han hecho creer que hace posible el respeto al orden y, con éste —con el orden— establecer la paz.

Desde luego, la praxis del miedo no comienza como el efecto que logra tras su aplicación, sino a través de la brutalidad, de la tortura y con la doblegación metódica que transporta al aplicarse con desmesura.
Es preciso aclarar que el cristianismo primitivo se impuso al Imperio Romano con el triunfo del amor sobre el miedo, un amor que David, en sus salmos, apeló a él como un rescate, como un estallido de alegría frente a la tutela del temor.

Asimismo, el cristianismo primitivo desafió la ira del César —y a todo su poderío— con la valentía de un espíritu desvestido de miedo; con un atrevimiento paradigmático que subvaluaba la muerte, ese macabro culto al que se habían trepado los faraones y canallas del pasado.

Pero tuvo la iglesia que inventar la Inquisición en el Medioevo (1184, Languedoc) para hacer retornar los miedos, cambiando sustancialmente el rol de la religión, y a partir de ese estadio el terror se vistió de una impunidad otorgada por el Estado y la iglesia.

El Nacional

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