SANTIAGO. Rafael Enrique Bigai Báez, el sargento estadounidense de origen dominicano, que el 23 de septiembre murió en una emboscada de los talibanes en Afganistán, era un valor militar extraordinario.
Así lo destacaron sus compañeros de armas en el ejército de Estados Unidos y en Afganistán que le rindieron los honores correspondientes ayer en Santiago, donde fueron velados sus restos y luego sepultados.
Esa consideración fue externada por el sargento mayor Waldemar Burgos, quien se desempeñó como comandante de Bigai Báez en la guerra de Irak, al pronunciar algunas palabras en el enterramiento, realizado en el cementerio de la comunidad Ingenio Arriba.
Ante el féretro donde descansan los restos del suboficial nativo de esta ciudad, su compañero de armas lo definió como un joven leal, poseedor de grandes valores morales y profesionales, que frecuentemente tomaba iniciativas y era extremadamente dedicado a las cosas que hacía.
Burgos, de nacionalidad puertorriqueña, tuvo bajo su mando por un año a Bigai Báez cuando, entre el 2004 y el 2005, fueron parte del contingente militar estadounidense desplegado en Irak.
Con voz entrecortada por la emoción, recordó en la ceremonia de enterramiento que fue tanto lo que lo apreció que terminó llamándolo su hijo postizo.
Dijo que, terminada la misión en aquel país, Bigai Báez regresó a su unidad del décimo batallón de la división montada de infantería con sede en Louisiana, donde ejercía la responsabilidad de instructor.
Además del sargento mayor Burgos, otros 14 militares de la armada de Estados Unidos, todos ellos excompañeros de Bigai Báez en las acciones bélicas de Irak y Afganistán acompañaron sus restos hasta su última morada.
Entre quienes le rindieron tributo póstumo había una gran parte de puertorriqueños y algunos estadounidenses.
Hace alrededor de un año le ordenaron integrarse a la lucha contra los talibanes en Afganistán, lo que aceptó sin pensarlo dos veces porque, según sus parientes, para él la acción militar a favor de Estados Unidos se convirtió en su norte.
La muerte lo sorprendió a la edad de 28 años y deja en la orfandad dos niños de siete y cuatro años de edad.
