Repitiendo los estereotipos, el primer estudio sobre el interés en la ciencia del estudiantado dominicano del Distrito Nacional, pregunta: Opinión sobre la profesión de científico, implicando desde el punto de vista lingüístico la inexistencia de las científicas, concluyendo que cuando los jóvenes valoran diferentes profesiones, los científicos están dentro de las peor valoradas junto con los jueces y sólo por encima de los políticos.
Menos utilidad les asignan, según el estudio, para las decisiones importantes en su vida, en la comprensión del mundo y mucho menos en su formación de opiniones políticas y sociales. Solo 2.4% elige una carrera científica (biología, química, científico, meteorología y astronomía) y vale señalar que no se menciona la física ni la matemática como ciencias.
Creo que el aporte fundamental del estudio es afirmar que el no atractivo de una carrera científica para los jóvenes en el país es explicado en mayor medida con razones relacionadas con el mercado laboral; principalmente por la dificultad de conseguir trabajo en esas carreras (42%) y por el poco futuro que tienen los científicos en este país (38.8%).
Es en esta afirmación donde quiero detenerme, para indagar más allá del mercado sobre por qué, particularmente para el sexo femenino, las ciencias no son una opción generalizada.
La visión de género, como método de análisis, al estudiar cómo se socializan los hombres y mujeres en nuestras sociedades, de manera desigual, por la única diferencia real que les separa, que es la biológica o sexual, me obliga a indagar en la dimensión cultural de esta reticencia, o renuencia, en particular en el sexo femenino.
Para hacerlo me tengo que remontar a algunos de los mitos fundacionales de la cultura occidental que nos conforma, tanto en la Grecia del siglo VI, el Medioevo, el Renacimiento y la Ilustración, en los cuales, curiosamente, la constante es la prohibición de cierto tipo de conocimiento, y no sorpresivamente, la condena del papel de Eva, en sus múltiples mutaciones históricas, en violentar esa prohibición, y por ende, en atraer hacia la humanidad todo tipo de males.
Si analizamos desde la perspectiva de género a los historiadores de la antigüedad, veremos que Hesíodo, poeta agricultor del siglo VIII, (en su serie sobre Prometeo como el semi-dios que robó el fuego a Zeus para salvar a los hombres de la extinción, quien lo castiga no solo encadenándolo a una roca para que un buitre le devore el hígado, sino enviando a Pandora, cuyo nombre significa regalo de todos, la primera mujer, regalo envenenado para tentar al hermano de Prometeo, quien, según Hesíodo, con espíritu de perra! no pudo resistir la curiosidad frente el conocimiento prohibido y abrió la proverbial Caja de Pandora, sometiendo a los hombres, dice Hesíodo, desde entonces, al dolor, las preocupaciones y todos los males.
