Hace casi 9 años empecé a escribir de forma semanal mis opiniones en el periódico El Nacional, y desde entonces siempre fui muy crítico de la gestión de Hugo Chávez como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Ayer, Hugo Chávez falleció, y hoy una familia llora un padre, un hermano o un hijo, y un pueblo llora a su líder, lo que merece respeto y que todos extendamos una condolencia por la pérdida. Hoy ni pena ni alegría es lo que realmente siento por la noticia, sino más bien temor por la incertidumbre que hoy reina en Venezuela, una consecuencia directa de la adicción a los hombres-instituciones que padece Latinoamérica y que ya en pleno Siglo XXI debemos empezar a reconsiderar.
Latinoamérica parece amar sus hombres fuertes, sus caudillos, sus líderes machos que se paran en una tribuna a hablar fuerte y a denigrar a sus rivales. No me parecen tan evidentes las razones detrás de esta continua fascinación latinoamericana por este tipo liderazgos que le han sumido en un atraso que corre ya por su tercer siglo. Pero lo cierto es que están allí, y no pueden ser ignorados.
El problema detrás de esto es que los proyectos paternalistas de Estado impulsados por la voluntad de un líder autárquico inevitablemente tienen una duración limitada en el tiempo, y rara vez son concebidos a largo plazo justo por la limitante más básica de la vida, la muerte.
No creo que realmente Chávez esperara que su proyecto financiado por petróleo durara para siempre, y no creo que honestamente sus seguidores lo creyeran. Es una idea bonita, la del paraíso del caudillo, pero rara vez son sostenibles, y es algo que lo aprendieron Rusia y China desde hace un buen tiempo. Desde la debacle del 2008, el modelo chavista, que ya estaba plagado de fallas, empezó a dar señas de resquebrajarse como era totalmente predecible, pero siguió su marcha por la fuerte voluntad de su líder.
El barco de las ideas bonitas que navegaba sin rumbo, sostenido por parches y medio hundido hoy perdió a su carismático líder y única figura de referente, y es poco probable que el modelo que creó a fuerza de voluntad, inteligencia política y mucho petróleo perdure tanto más como lo hizo sin él.
Es una lección no solo para Venezuela, sino para todos nosotros los dominicanos, desde los que salen a gritar por un Llegó Papá o los que salen a endiosar figuras muy humanas como el ex Presidente Leonel Fernández, que nunca se debe olvidar que las personas vienen con fecha de expiración y las instituciones finalmente no pueden quedar atadas por ella.
Hoy confieso que me preocupa Venezuela y su futuro. Y debe preocuparnos a nosotros que tenemos en la gente venezolana un país cercano y amigo, de quien no solo dependemos casi exclusivamente para nuestro petróleo, sino que adicionalmente ha sido un país con el que tenemos mucha historia compartida. Mis sinceras condolencias a todo el pueblo Venezolano, y mis mejores deseos para su futuro.

