VARSOVIA, Polonia. El Club Deportivo y Cultural Mauricio Báez ha tenido el acierto de dedicar las festividades del 51 aniversario de su fundación al sobresaliente publicista Nandy Rivas, amigo solidario y colaborador incondicional de esa institución de servicio con domicilio social en la barriada de Villa Juana del Distrito Nacional, pero con muy merecido reconocimiento en toda la República Dominicana.
Nandy Rivas pertenece a una especie en extinción en la sociedad dominicana afectada hoy por el egoísmo y la voracidad insaciable de sectores indolentes a los que no parecen importarle los valores morales forjados en el calor de las aulas y hogares de un pasado no muy lejano, pero sí colocados por muchos en el rincón del olvido.
El Club Mauricio Báez, fundado en 1963 en un solar baldío de la calle del mismo nombre, representa una de las columnas que aún permanecen enhiestas y solitarias en la vida nacional, promoviendo la educación, pregonando la justicia y la libertad, y prodigando asistencia a los necesitados de salud.
Nandy Rivas está plenamente identificado con esas causas y ahí reside la génesis de su relación con esa institución liderada por paladines como Leo Corporán y Nelly Manuel Doñé, pertenecientes ambos a una estirpe moral que los eleva a la categoría de personajes excepcionales.
Estas breves líneas, que brotan espontáneas en razón de vínculos afectivos familiares con los protagonistas, no constituyen un obsequio por motivos insignificantes sino la valoración de parte de un testigo de los acontecimientos que motivan la dedicatoria de los actos de aniversario.
Conociendo a Nandy Rivas desde la intimidad selectiva de su círculo de amigos, y siendo su preferencia el abrazo cálido y las manifestaciones alegres nacidas de almas donde no anidan más que buenas intenciones, estoy plenamente seguro de que no se siente cómodo con la fanfarria propia de monarcas, ni los escritos laudatorios.
Sin embargo, ese mismo hombre que ha permanecido humilde en las victorias profesionales y calladamente resignado ante los desengaños sufridos en los vericuetos del constante devenir, no puede esta vez sustraerse al homenaje sincero que le tributan seres agradecidos.
Desde la lejanía forzada por acontecimientos ineludibles propios del quehacer periodístico, deseo unirme públicamente a mis camaradas del Club Mauricio Báez en este acto que constituye un magnífico reconocimiento a quien ha hecho de la amistad una razón de vida.

