La delincuencia callada le ha ganado la batalla a la abierta y violenta sentida a diario en las calles. El mal ejemplo de la impunidad frente a los casos de evidente corrupción pública alienta el delito común con una frecuencia y saña extrema, ya alarmante. Inseguridad que roba la tranquilidad ciudadana y compite seriamente con los atractivos turísticos que ofrecemos. Y estos, delincuentes y corruptos mezclados-, conspiran contra el orden social, la institucionalidad democrática.
La falta de fundamento y continuidad en las campañas correctivas anunciadas ahora y antes, repetidas veces-, le restan credibilidad a este nuevo empeño, presentado con más alharacas que sinceridad. Loa niños haitianos que mendigan en pleno centro de la ciudad vuelven a vagar, pedir y molestar solo un par de días después de haber sido recluidos y supuestamente devueltos a su país. Así ocurre en todo. Vas a un cuartel a denunciar una agresión, y pierdes tu tiempo ante un oficial o representante del ministerio público, quien si en el mejor de los casos llega a atenderte le da muy poca importancia a tu denuncia.
Y, en este sentido, hablo por experiencia propia. Hace un par de meses fui objeto de una grave y sospechosa agresión en la calle cuando una persona desconocida embarró mi auto de pintura. Hice la denuncia en el puesto policial del Centro Olímpico ante una fiscal, quien tomó la debida nota. Luego presenté una grabación del hecho que me fuera facilitada. Sin embargo, pasado el tiempo y a pesar de frecuentes llamadas, visitas y diligencias, no he tenido información alguna sobre la identidad del sospechoso y posibles motivos de la agresión. ¿Puede uno tener fe en las autoridades luego de esta experiencia?
Creo que no exagero si dijera que cinco o seis de cada diez ciudadanos pueden contar algo similar. De ahí que resulte una ingenuidad y hasta necedad ocuparse de tales indagaciones. Mientras tanto, la delincuencia crece de manera acelerada, despertando incluso justificadas sospechas de complicidades y dejadez por falta de incentivos. Contamos con los policías peor pagados de la región y a todo esto se habla de reformas tomando en cuenta aspectos tan triviales como el uniforme. Como si la fiebre estuviera en la sabana.
Estamos ante un asunto que no se resuelve con irritantes e inútiles performance de prensa y lanzando hombres armados a las calles para amedrentar a la población. Los delincuentes hace tiempo que están curados de espanto, nos los hombres y mujeres que salen diariamente a trabajar. Se trata de un tema que amerita una ponderada planificación y extremo cuidado. Sobre todo, continuidad a través del sistema ya establecido a contrapelo de sus precariedades e indisposición. Trabajemos con lo que hay, en tanto el Estado vaya actualizando sus estamentos de seguridad ciudadana, lo cual no se consigue con un simple anuncio.

