Cuando la historia pase balance a la producción del teatro dominicano, Haffe Serulle, aparte de la reacción contemporánea, lejos de contar si a sus funciones asistieron muchas o pocas personas, a la distancia de las diferencias estéticas y de esto entre su personalidad y la de otros creadores teatrales, se tendrá que enfocarle como creador de los textos poéticos y dramáticos mas originales de su tiempo y como director con una profunda visión capaz de delinear un estilo único, en el cual el uso de la voz y la capacidad acrobática del cuerpo, el rendimiento extremo que sacó a elementos escenográficos tan simples como los telares y los materiales de desecho, para producir espectáculos de una elevada teatralidad, de una espectacularidad integral capaz de tratar temas humanos de interés permanente sin caer en el populismo literario ni en la parafernalia comercial que ya mercadea para la escena, cualquier cosa.
El impacto que produce en el publico el montaje de Los signos de la carne es tal, que los asistentes no saber, al concluir la pieza si aplaudir a rabiar o tragarse las emociones cruzadas que deja en el ánimo el discurso estético multi expresivo que termina.
La reflexión nace a partir de haber visto y vivido Los signos de la carne, un poema dramático, interpretado por dos jóvenes valores de la interpretaciones de nuevo tipo, Suart Ortiz y Yasiris Báez, quienes agotan al extremo sus energías en la representación y denuncia, del Complejo de Electra, de cuando una hija expone el acoso y violación por parte de su padre, y describe sus sentimientos y sueños hablando con el agresor, ya fallecido.
El “Método Haffe”, producto de una concepción que trabaja de nuevas formas, la vocalización, la respiración, el teatro del cuerpo, la economía de elementos en escena y la plataforma textual, poéticamente sobresaliente y con una originalidad sorprendente, ofrece este nuevo producto, respecto del cual, al parecer, muchos actores, actrices y estudiantes de teatro y cine, no se han dado cuenta de su trascendencia como experiencia para estudiar el rendimiento y la efectividad de las acciones en las tablas.
Actoralmente, Báez y Ortiz se comprometen con dos personajes (Padre e Hija) mediante un agotador accionar físico y extenuante desde el punto de vista psicológico, navegando sobre ideas que describen una tragedia inmensa y mínima, sin nombre ni norte, esa que deviene cuando la conciencia de la víctima se encuentra con su victimario.
Es un agotamiento que excede el sudor físico que perla la frente de esos dos actores, respecto de los cuales hay que fijar una atención especial, en la medida en que integran una generación actoral que persigue sobre todo, comunicar de nuevas formas, temas conocidos y manejados, sin hacer concesiones a la gente, sin complacer peticiones, rasgando la conciencia en lugar de acomodar risas y aplausos.
Sus presentaciones son este mes de martes a domingo a las 8:00 de la noche, en la sala Aída Bonelly de Díaz, en el Teatro Nacional Eduardo Brito.
UN APUNTE
Sus créditos
Los signos de la carne: poema dramático original de Haffe Serulle, maestro del teatro y creador de un método teatral y formador de dos generaciones actorales, interpretado por Yasiris Báez y Stuart Ortiz; con una sub real escenografía de Santiago Alonzo, vestuario sobre todo telar de Cristina Cabrera y Joel Gutiérrez y luces de Javier Reyes, que transforman la Sala Aída Bonelly de Díaz, convertido en un espacio teatral inusual.

