Cuando le dio la vuelta al mundo una foto de un niño orinando en la puerta del Kremlin, entonces símbolo del Estado socialista, comenzó el desmantelamiento de la otrora Unión Soviética con la Perestroika y la Glasnost, que significan restructuración y transparencia.
Allí, donde un tren hacía el recorrido por 22 millones 700 mil kilómetros cuadrados sin un letrero de Coca Cola, una especie de Casa Rodante, los pasajeros tenían que escuchar una radio con un solo botón, no había otra opción que escuchar al Gobierno.
Entonces habían puesto, hace 60 años, el primer hombre en órbita, viajaban al espacio, pero los niños en las escuelas aprendían a cortar con ábacos y las ropas de sus padres eran cuadradas, con fábricas administradas por camaradas sin saber un «carajo» de gerencia.
Los periódicos reposaban almacenados y envueltos en sogas sin abrir, ya que los rusos tenían por sabido lo que decían, lo que le convenía al gobierno, por lo que los ciudadanos se refugiaron el Vodka, pariendo un presidente alcohólico, Boris Yeltsin.
Aquella sociedad donde los trabajadores fingían que trabajaban porque el Estado fingía que les pagaba 70 años después se desplomó. Ante el hecho histórico, el capitalismo hizo fiesta y comenzó a desmantelar el Estado protector mediante la privatización de las empresas públicas y proclamó que a partir de entonces El Rey debía ser el mercado.
Pero a 100 años de la Gripe Española, comenzó a recorrer el mundo la pandemia del Coronavirus, que ha resucitado el Estado, ya que es el único protector ante el surgimiento del capitalismo del desastre, que viene generando ganancias nunca vistas por los que venden los alimentos, las medicinas, atienden el paciente como cliente, cuidan el dinero y venden los paquetitos para los celulares.
Por: Rafael Grullón
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