Para los apostadores



Si no me equivoco, fue de la pluma del publicista e intelectual Efraín Castillo, que leí más o menos lo que sigue: “la gente no se debe juzgar por sus hábitos”.

Y yo agrego que, no necesariamente, los desdoblamientos, las poses de falsas modestias, ni la preparación ni la inteligencia, son vinculantes a las bondades, y conductas decentes, no licenciosas.

De alguna forma, la actitud de estereotipar o someter a juicios de valor a una persona por sus actitudes abiertas, desenfadadas, auténticas y sin pantomimas; nos dice que hasta valorando a nuestros corruptos líderes políticos, es que damos vigencia al secular caudillismo. Como dijo alguien: hay que observar la práctica, no los discursos.

¿Por qué enumero estos comportamientos que creo desacertados? A raíz de mi partida hacia Nueva York, algunos, entendieron que me involucraría en el narcotráfico. Y tal vez porque, como periodista, de algún modo he sido la antítesis del comunicador engreído; petulante. Además de siempre estar divorciado de coqueteos y colusiones con el funcionariado, con su rosario de corruptelas.

El que haya sido el redactor nervioso que vociferaba sus disensiones con respecto al estado de cosas; rabioso en defensa de sus derechos, y sin ínfulas de “todólogo”, no obliteró mis principios, y mucho menos mi resiliencia ante los avatares. Pero, también he tenido la suficiente reciedumbre frente a seductoras tentaciones.

El que, como reportero, terminada mi tarea, no hiciera tiempo en las redacciones, y me internara en los barrios con la gente que me vieron crecer; me diera un trago, y bailara un son en Borojol; nunca fue síntoma delictivo. Hoy puedo decir que, los apostadores, en realidad nunca tuvieron la capacidad de conocerme. Sencillamente, como dice el pueblo llano: “se guayaron”.