La ópera ocupa el lugar más alto en la escala de exigencias escénicas de montaje y respecto de la cual es mayor la distancia que se ha hecho frente del público popular, entre otras razones por el alto nivel de preparación profesional que demanda de sus intérpretes y de formación de quienes acuden al milagro de su representación.
Esa distancia se reduce gracias a una temática cercana, como es en el caso la bien conocida pasión humana del amor y el desamor, de la fidelidad y la infidelidad, que logran doblegar cierto y no declarado elitismo azuzado por la carencia de conocimientos de la “cultura operística”.
En el caso de Pagliacci (Payasos), ópera en dos actos del compositor italiano Rugerro Leon cavallo, y su inusualmente breve lapso de tiempo (una hora y 15 minutos) se encuentra el más simple de los mortales ante una representación cuya trama emotiva seduce montada en el atractivo de a pasión, aderezada por la fantasía que aporta la representación de los payasos en una versión verisista de “teatro en el teatro”.
Lo que ha logrado la Sociedad Proarte, una institución sin fines de lucro que ha asumido el rol de gestora del género y que anualmente desarrolla el proceso de montaje de una gran ópera en Teatro Nacional. Con Payasos, logra el mejor de los proyectos hasta ahora presentados.
Notable el desempeño de los principales intérpretes: Edgar Pérez (Canio) logra su punto más alto y tranquiliza a quienes alguna vez tuvieron dudas de la firmeza de sus sostenidos y la versatilidad que demanda un personaje central; la primerísima soprano cubana Katia Selva, (Nedda) primera solista del Teatro Lírico de la Cuba que no se doblega, llenó los espacios con una voz auténtica colorida y afirmada; Nelson Martínez, (Tonio), también de Cuba, más desarrollado en Estados Unidos, ofrece, gracias a la imponencia de su matizada voz y el fuerte acento de su presencia escénica, un punto de brillo indudable y dos dominicanos: Mario Martínez (Silvio) y Juan Tomás Reyes (Pepe), el primero formado en el Estados Unidos y el segundo fruto de la educación vocal criolla, operan como talentos que suman valores a la producción.
El movimiento masivo de personajes aldeanos, su vestuario de época y maquillaje, se agregan a a fantasía amorosa que se torna en tragedia final.
En el plano técnico-artístico, Proarte trabajó para traer al país, además de las estrellas indicadas, a talentos de Argentina, tal cual es Carlos Palacios director escénico y de Colombia-Venezuela, al joven e impresionante director musical Carlos Andrés Mejía.
Antón Fustier Martínez, de Cuba, contribuyó a dar cuerpo de éxito al montaje, al producir un ritmo trepidante y una armonización de los elementos a su cargo. Reynaldo Fustier, asistente del director de escena, también de la Cuba verdadera, fue otra de las contribuciones al éxito. Iván Miura (vestuarista y José Miura, (escenógrafo) vuelven a imponer respeto al momento de analizar sus aportes cruciales para lograr reproducción de época del montaje.
El desempeño del Coro Angélicus (del Club Naco, infantil), el de la Sociedad ProArte Latinoamericana y la Filarmónica Dominicana, tienen responsabilidad en este éxito que ha acercado la ópera a la gente, con un lazo que confiamos crezca entre espectadores y el demandante género escénico.
Un apunte
La primera
Esta ópera fue, en 1907, la primera en ser grabada, para la oportunidad con la actuación protagónica del tenor portorriqueño Antonio Paoli(Canio) y bajo la supervisión personal del propio compositor RugerroLeoncavallo.
En 1931, se convirtió en la primera ópera completa filmada con sonido, entonces estelarizada por el tenor Fernando Bertini.

