Tengo mucho respeto por las preferencias deportivas, incluso por las pasiones que ellas generan. Soy de los liceístas que hasta manotazos le daba al radio cuando perdíamos. Nunca me puse melena, aunque con los años deviniera en calvo. Nunca usé pico de cotorra. Ahora, a mi entender, hay mayores razones para no rugir como el león.
Mis razones se refieren a los vínculos entre pelota y poder. El Escogido, más allá de sus valores representados por Moisés Alou y por otros conductores y jugadores criollos, pasó a ser propiedad de tres grupos económicos: uno de mediana cuantía y dos con inmenso poder financiero, mediático y político.
Esos grupos tienen, no solo todo el dinero del mundo sino también del universo; y se han propuesto controlar y monopolizar el mayor número de actividades de la vida cotidiana, entre ellas las deportivas; con el interés de reducirlas a mercancías caras y empresas lucrativas.
En esta era neoliberal la competitividad sin límites, que equivale a sucia competencia entre desiguales, les favorece; mientras la estructura del campeonato ayuda a hacer lo que recién consumaron.
El Escogido fue de los peores equipos en la serie regular, hasta que decidieron invertir en grande para calificar en cuarto lugar. En el corto tramo faltante, operó a su favor el flujo de capital junto a un eficiente manejo gerencial; a lo que se agregó el talento de Moisés y las virtudes de los atletas contratados.
Y así el Escogido pasó a ser el segundo mejor equipo de la serie semifinal. A partir de ahí vino la no te meneé: la intensificación del impacto de su poder económico en la serie final, aplastando papeletazos a granel- al mejor del campeonato.
El Escogido, por obra y gracia de la supremacía del Rey Dinero y del Dios Mercado -vertientes en las que tienen ventaja los que más plusvalía y capital originario hayan acumulado- pasó en días a ser el mejor equipo del final; proclamado, legal pero injustamente, campeón.
Pero lo más grave no es ese capítulo deportivo, sino lo que implica la dinámica avasallante de los grandes capitales corporativos, criollos y transnacionales.
Si no nos indignamos para revertir esta nefasta tendencia, nos joderemos más de lo que estamos.

