Unos amigos me pidieron mi opinión sobre la feminización de ciertos sustantivos que últimamente están siendo muy utilizados por periodistas y otros comunicadores. Para complacerlos, he aquí mi parecer sobre este asunto:
Concedido: las lenguas, como cualquier ser vivo, un día nacen, sufren cambios y mueren, aunque ese proceso no se produzca de manera tan rápida ni perceptible como en los organismos biológicos.
***
Habría mucho más que explicar desde el punto de vista sociolinguístico para dar cuenta de manera detallada de las causas subyacentes a los cambios morfosintácticos y lexicales que se producen en la lengua, pero ese no es el objeto de este artículo, por lo que procederemos ahora a explicar el aspecto que nos ocupa.
***
Y precisamente por esa característica de ser sistemas con vida propia las lenguas tienen leyes y mecanismos que rigen y explican su funcionamiento y las hacen lógicas y funcionales.
Son esas leyes y mecanismos, los universales de la lengua, los que han hecho posible que en el pasado algunos lingüistas hayan podido describir el funcionamiento y la gramática de lenguas habladas por comunidades aisladas que carecían de un código escrito.
Que me perdonen las feministas, pero nadie puede violar esas leyes y mecanismos para, por razones sociales o de otra índole, reparar reales o pretendidas injusticias o contribuir a hacer realidad deseos de una necesaria y justa igualdad entre los géneros.
Pero la lengua no existe sin sujetos hablantes, y sólo ellos, de manera espontánea, por necesidad o incompetencia lingüística, pueden producir, y de hecho producen, cambios en la misma, entendiéndose por cambio todo alejamiento de la norma en el uso de la lengua de que se trate.
Esos cambios o alejamiento de lo que en un determinado momento histórico se considere la norma tendrán mayor o menor aceptación o expansión dependiendo del aislamiento sociocultural del grupo o comunidad en donde se produzcan.
Un alto nivel de educación actúa como una represa para tales cambios en las comunidades y sociedades en donde exista dicho nivel, y sólo se producirán cambios mínimos lexicales producto de necesidades específicas y de la misma dinámica de las lenguas en cuestión.
Habría mucho más que explicar desde el punto de vista sociolinguístico para dar cuenta de manera detallada de las causas subyacentes a los cambios morfosintácticos y lexicales que se producen en la lengua, pero ese no es el objeto de este artículo, por lo que procederemos ahora a explicar el aspecto que nos ocupa. Veamos:
Cuando un hecho de lengua presenta alguna dificultad debemos proceder por analogía si queremos ser lógicos y coherentes en nuestra explicación del fenómeno en cuestión, que es lo que vamos a hacer a continuación en lo que respecta al asunto de los sustantivos terminados en e.
Empecemos diciendo que en español la marca del género viene dada por la oposición de las vocales a/o, además de las consabidas excepciones de los sustantivos que lo hacen mediante la oposición or/iz, como en actor/actriz, emperador/emperatriz, etc. Tenemos también por otro lado los sustantivos terminados en ista, que son invariables, tales como artista, periodista, etc.
De manera que el femenino de cualquier sustantivo terminado en o podrá hacerse sustituyendo dicha vocal por la a, lo que en muchos casos dará lugar a formas que tenemos que aceptar, si bien nos parecen un poco extrañas, tales como síndico/síndica, árbitro/árbitra, etc.
Pero no sucede lo mismo con los sustantivos terminados en e, como presidente, que no son masculinos ni femeninos, sino neutros, de forma tal que la oposición masculino/femenino se hará mediante la utilización de los artículos lo/la, lo que da como resultado las formas el presidente/la presidente.
Esto es así porque si aceptáramos como válido el sustantivo presidenta, en desconocimiento de lo establecido más atrás, tendríamos que aceptar también las formas agenta, emergenta, ofertanta y delincuenta, así como muchísimas otras formas risibles, por no decir ridículas.
Todo lo anterior vale también para evitar el uso de sustantivos como generala, coronela, cancillera, prócera, etc., pues igualmente la oposición masculino/ femenino en los nombres terminados en las líquidas l, y r debe hacerse con el uso de los artículos el/la, de donde tendremos la general, la canciller, etc., excepto en el caso de la líquida r precedida de o, como en productor, inspector, etc., cuyos femeninos sí se hacen también con a: productora, inspectora, etc.
Pero además, el uso de la a para formar el femenino en los casos anteriormente citados como fuera de la norma es innecesario por redundante, ya que desde que se mencione el nombre femenino de la persona a la que se atribuya una determinada condición o se utilice el artículo femenino para tal fin lo demás sobra. Ejemplo: Diana o María o Isabel, canciller de (X país), dijo que ; o La presidente de la República (tal) afirmó que
Tengo la sospecha de que en los casos de los sustantivos que denotan una posición de mando o poder, como presidente, general, etc., lo que ha ocurrido es que en la historia de la humanidad más hombres que mujeres han desempeñado esas funciones, por lo que dichos sustantivos han pasado a ser percibidos como masculinos por naturaleza, cuando lo cierto es que son neutros.
(El autor es profesor en la UASD)

