La paz y la libertad pierden a uno de sus máximos exponentes con el cobarde asesinato ayer en Guatemala del cantautor argentino Facundo Cabral. Sus canciones eran el mejor autorretrato de la personalidad de un artista aclamado, que solía definirse como un vagabundo de primera clase. A sus 74 años y con una salud que se resentía, Facundo irradiaba ese estilo bohemio, con una buena mezcla de ese humor satírico que lo caracterizaba y que lo convirtieron en un ícono. Era un artista a carta cabal, que se reinventaba en cada uno de sus temas y presentaciones. No se sabe quien es más ladrón, el que funda un banco o el que lo roba, formaba parte de un repertorio de parodias que emocionaban a un público que disfrutaba a plenitud sus ocurrencias. Costaba aceptar que una figura de primera fila, que con fina ironía ridiculizaba al poder político y económico podía encontrar la muerte en manos de vulgares sicarios. No importa que la muerte no le fuera ajena a su persona y de la que con frecuencia también se burlaba en sus presentaciones.

