Opinión

Prodigiosa generación

Prodigiosa generación

Una generación de escritores, productores pictóricos, arquitectos o políticos, se organiza por un correlato de afinidades ideológicas, políticas y culturales, aunque las edades coincidentes —por lo regular—, tienen protagonismo. Por eso, en los años ochenta la estructura de la nueva producción plástica nacional se organizó alrededor de varias correspondencias, tales como la procedencia académica, la herencia acumulada por las generaciones anteriores (sobre todo las de los 40’s, 50’ y 60’), y un mercado para sus producciones en franca expansión.

La promoción de los 40’s tuvo productores de la talla de Gilberto Hernández Ortega, Luichy Martínez Richiez, Domingo Liz, Antonio Prats-Ventós, Antonio Toribio, Radhamés Mejía —el escultor—, Marianela Jiménez, Belkis Adrover, Clara Ledesma, Elsa Gruning y Elsa Di Vanna, ente otros.

La de los 50’s contó con productores como Papo Peña Defilló, Silvano Lora, Ada Balcácer, Eligio Pichardo, Paul Giudicelli y Guillo Pérez (pido excusas a los que omito). Y la de los 60’s a Ramón Oviedo, José Ramírez (Condesito), Leopoldo Pérez (Lepe), José Cestero, Iván Tovar, Cándido Bidó, Elsa Núñez, Norberto Santana y Rosa Tavárez, entre otros.

De la primera promoción se convirtieron en maestros, Hernández Ortega, quien fue el primer director dominicano de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA); Eligio Pichardo, uno de los primeros pintores dominicanos en exponer en reconocidas galerías norteamericanas; Luichy Martínez Richiez, el único escultor dominicano en obtener un galardón internacional en escultura (1959); Domingo Liz, Paul Giudicelli, Ada Balcácer y Silvano Lora. De la generación del sesenta alcanzaron la maestría Ramón Oviedo, José Ramírez (Condesito), José Cestero, Iván Tovar, Cándido Bidó y Elsa Núñez. Otros también llegarán a alcanzar ese peldaño que une al productor plástico a la historia y que sólo el trabajo constante, la seriedad en su manufactura y un discurso consecuente con los nuevos lenguajes estéticos harán posible.

Una pequeña muestra de la generación de los ochenta fue visionar un mundo que comenzaba a cambiar aceleradamente por los avances de la informática, la cual desarrolló crecimientos exponenciales de nuevas conductas y correcciones históricas. Mediante lecturas e investigaciones de los nuevos lenguajes estéticos, muchos de los integrantes de esta generación —de seguir su actual itinerario reflexivo sobre las nacientes corrientes— aportarán otros nombres al Olimpo de la plástica dominicana:

Tony Capellán, Elvis Avilés, Belkis Ramírez, Gabino Rosario, Genaro Phillips, Diógenes Abreu, Jesús Desangles, Hilario Olivo, Grecia Rivera, Genaro (Yi-yoh) Robles, José Sejo, Radhamés Mejía, Juan Mayí, Raúl Recio, Pedro Terreiro, Carlos Despradel, Jorge Pineda, Johnny Bonnelly, Chiqui Mendoza, Luz Severino, Víctor Ulloa y Ramón Osorio, son ejemplos palpables.

Así, podrían dar una sólida idea de cuánto ha ganado la plástica nacional desde la fundación de la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA) en los años esplendorosos de los 40’s, dirigida por el talentoso escultor español Manolo Pascual, y de lo mucho que han evolucionado nuestras estructuras estéticas en las generaciones de egresados a partir de aquella fundación, que abrieron, como un fuego manumisor, nuestro país a las disciplinas enmarcadas en las artes visuales.

El Nacional