Los desórdenes en el desfile del Carnaval, en que un hombre fue muerto y varios resultaron heridos y detenidos, constituyeron la nota discordante del hermoso acontecimiento que había teñido de variedad y color el Malecón.
Como si nunca faltara un pelo en un sanconcho bandoleros aprovecharon el escenario para colarse, disfrazándose de militares y policías para cometer atracos. No eran los tradicionales carteristas, que suelen aprovechar las aglomeraciones para hacer de las suyas, sino de delincuentes armados.
Mientras la gente disfrutaba de los diablos cojuelos, cachúas, lechones, robalagallina, califé y la muerte en yip encapuchados se dedicaban a asaltar entre el público. Se ha llegado lejos. No se respetó el cordón de seguridad conformado por unos 2,500 agentes ni la presencia en el desfile del propio jefe de la Policía.
El desfile estaba precioso, pues, como cada año, había nuevas expresiones que daban más colorido y variedad a la fiesta cultural.
Unas 220 comparsas y carrozas, que sintetizaban el ingenio de sus creadores, llenaron las expectativas de un numeroso público que cada año disfruta del soberbio acontecimiento en que cada provincia expone sus personajes y tradiciones. Pero la delincuencia se ocupó de restar esplendor a la fiesta.

