Rechazar por suponer



A mi Tío Bismarck, por su dolor

Por qué continuamos insistiendo en descartar cosas sin la debida ponderación de sus alcances? ¿Por qué no analizamos a profundidad la dimensión que puede llegar a tener una actitud superficial ante temas que pueden afectarnos directamente o a personas allegadas a nosotros? ¿Es sensato asumir posiciones ante hechos o circunstancias bajo la premisa de suponer que nos nos incumben? ¿Es correcto evaluar temas sin contemplar la posibilidad de que otras personas, aun ajenas a nosotros, puedan ser afectadas por un mal manejo de los mismos? ¿Es consecuente con el cristianismo y la espiritualidad decidir nuestras conductas bajo el tamiz exclusivo de lo que consideramos como nuestras particulares realidades?.

Todas estas interrogantes resultan válidas a propósito de la reacción de muchas personas y entidades a propósito de la Ordenanza del Ministerio de Educación que propone implementar en escuelas políticas que incluyan la equidad de género.

Debatir sobre bases falsas es deshonesto, también hacerlo asignando atributos que no figuran en el contenido de la disposición ni se están insinuando.

He visto y escuchado mucha gente refiriéndose a aspectos que ni por asomo se incluyen en un texto que rechazan con más prejuicios que argumentos.

La equidad no puede ser asimilada a intentos absurdos por forzar igualdades que resultan imposibles. Nadie está postulando por imponer similitudes no circunscritas a los derechos y oportunidades a que todo ser humano es acreedor.

Precisamente las diferencias naturales y construidas hacen necesario asumir la equidad de género para que las personas comprendan que marginar por capricho es inicuo y que enriquece respetar y aprovechar los elementos que nos diferencian.

He sido protagonista y testigo de primera mano de situaciones que han producido daño psicológico a seres humanos por el hecho de tener algún rasgo físico o conductual que se aparta de lo que la colectividad valora como normal.

Casos como esos no pueden ser considerados ajenos a una formación familiar y social que, desde antes del nacimiento, nos condiciona a una serie de estereotipos que cuando alguien percibe que no los reúne o no se identifica con ellos, es estigmatizado y/o sufre lo indecible al sentir que debe sojuzgar sus sentimientos ante el pavor terrible que genera el acoso.

He amado y amo a víctimas de intolerancia y los he acompañado en su espantosa soledad. Su tragedia ha sido mi causa, su dolor me ha impulsado a luchar por erradicar los prejuicios y jamás rechazar por suponer.