Opinión

Recordando a Olof Palme

Recordando a Olof Palme

La sociedad sueca aún conserva en su memoria colectiva, dos hechos trágicos que impactaron la comunidad internacional: el asesinato el 28 de febrero de 1986 de Olof Palme y el crimen de la líder socialdemócrata Anna Lindth en plena campaña electoral el 11 de septiembre  del 2003. El asesinato de Lindth, conllevó a malograr una de las carreras políticas más brillantes, pues en poco tiempo, la líder europea había logrado ser ministra de medio ambiente y de relaciones exteriores, creando un liderazgo que todavía se recuerda con nostalgia por su trágico final.

Sin embargo, la figura de Olof Palme, a quien rendimos homenaje, es mucho más trascendente, por su condición de líder continental y de primer ministro de Suecia desde 1969 hasta 1976, logrando su reelección en 1982. Palme tuvo grandes éxitos en su meteórica carrera, pero lo que lo catapultó ante los ojos del mundo,  fue su enfrentamiento vertical con Estados Unidos, en lo concerniente a la guerra de Vietnam, la cual criticó con acritud y vehemencia y denunció el papel guerrerista de la administración estadounidense en plena guerra fría.

 Este gran amigo de la República Dominicana, a través de las relaciones que cultivó con el doctor José Francisco Peña Gómez, se identificó abiertamente con la Revolución Cubana y exigió respeto al modelo cubano y a los países pobres del »tercer mundo’’.

Olof Palme vivió en carne propia las desigualdades y la injusticia social de los países pobres, y siempre dejó oír su prestigiosa voz con relación a las injusticias del apartheid en Sudáfrica.

Los enemigos de la democracia sueca se empecinaron en apagar  una de las voces más comprometidas con la justicia social, pero él tuvo tiempo para pronosticar lo inhumano del modelo neoliberal y demoler los argumentos de  MargaretThatcher y de Ronald Reagan, quienes apadrinaron un modelo económico que ha llenado el mundo de miseria y de injusticia.

Sobre su vil asesinato se han tejido muchas historias e historietas. Desde la participación de la CIA hasta los esbirros del apartheid, y hay quienes aseveran que las manos siempre sucias de sangre de Augusto Pinochet estuvieron envueltas.  Lo cierto es que la sociedad sueca no ha hecho justicia ante ese abominable asesinato.

Hoy sigue siendo un compromiso de la socialdemocracia sueca no dejar impune este asesinato, que malogró una de las carreras políticas más brillantes del siglo XX. Es  un reto para los actores políticos comprometidos con la democracia, levantar la voz para que este caso sea reabierto y no quede impune.

Ya han pasado 27 años de su desaparición física. Sus aportes a la democracia son imperecederos. Sus conciudadanos respetan su memoria. Nadie ha osado negar su influencia en los líderes socialdemócratas de hoy. Pero hace falta algo: reabrir el caso y condenar a sus asesinos, para que todos podamos decir al unísono: Hemos cumplido, ha ganado la justicia, por la cual él entregó su vida.

El Nacional

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