Opinión

Ricardín Hernández

Ricardín Hernández

Si algo pude aprender de la confrontación Hernández-Ariza, conocida entonces como la Guerra de los Cartones, es que todo enfrentamiento no propende al triunfo inmediato,  sino al cambio. Y, a decir verdad, el sector industrial asumió, a la sazón, una  nueva actitud, reflejada en la disposición al debate público, lo cual parece haber entusiasmado a la parte demandante.  Las fuerzas producen las transformaciones, pero nunca segundas partes fueron mejores. La pelea llegó a ser tan tenaz y feroz como fue posible,

El Grupo Hernández comenzó a incursionar en la producción y venta de café, lanzando la marca Mamá Inés, cuyo nicho del mercado había sido identificado y limitado por sus estrategas, sin pretensiones de competir con las líneas consolidadas y lideradas durante más de 50 años por Industrias Banilejas.

No obstante, Ricardín, decidido a repetir el match recién superado, desatendió las recomendaciones de los expertos. Se propuso así conquistar un más amplio porcentaje  en las vengas de café molido, encontrando ante él un valladar en la fuerte solvencia y liquidez de la familia Perelló, harto probada en este producto y en el negocio  bancario tradicional.

Las consecuencias de la nueva aventura del Grupo Hernández, el que yo había dejado comenzando los noventa,  respondieron a la lógica del mercado, estimulando a los Perelló a incursionar, incluso, en los renglones originarios de sus nuevos adversarios en la distribución del café.

En su zona de confort, habían convivido con otras marcas minoritarias. Decidieron incursionar en la producción de cartón corrugado y plegadizo e importaron fósforos para, en una segunda etapa, producirlos. Llegaron tan lejos en estos experimentos, que sacaron a Grupo Hernández de la producción y distribución de café en grano y molido. 

Terminaron, asimismo,  por desplazar a sus competidores, para encabezar las cifras de ventas de cartón y fósforos, iniciativas coyunturales que se han hecho primordiales en el Grupo Perelló. También sacaron a Hernández de producción de cerillos, renglón en el que estuvieron solos por más d una década.

¿Podría ser éste el comienzo del fin de un consorcio industrial emprendido por Ricardo Hernández en la postrimería de la Era de Trujillo? No lo sabemos, pero sí puedo  asegurar, como testigo de excepción, que alcanzó su mayor auge en los ochenta y es el legado industrial que heredan sus hijos, Ricardo y María Isabel, jóvenes profesionales bien educados y muy trabajadores, empleados y formados, desde  temprana edad, al lado de su progenitor.

Pero, a juzgar por los méritos acumulados, correspondería a Ricardo José Álvarez Hernández, sobrino del fenecido empresario, asumir la presidencia del grupo, como cabeza de generación que se enfrenta ahora al enorme reto de rescatarlo y reimpulsarlo.

El Nacional

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