Santo Domingo. – El día después de la muerte de Jesús fue un día de silencio (Sábado Santo), el día en que todo pareció terminar para sus seguidores.
Reinaban el silencio, el miedo y las interrogantes de quienes entendían que no era posible que aquello hubiera pasado con el Mesías.
Jesús ya no estaba. Para ellos, todo había terminado. El desconcierto invadía los corazones de los discípulos, quienes por miedo a las represalias permanecían escondidos.
Luego de la ejecución de Jesús, su cuerpo fue sepultado, según la tradición de la época.
Aún después de muerto, sus enemigos le temían (cf. Mateo 27, 62-66)
A pesar de que Jesús ya estaba muerto, los sacerdotes y fariseos no se confiaban y seguían temiendo lo que pudiera suceder.
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Las escrituras narran que, al día siguiente (Sábado Santo), después de la preparación, se reunieron ante Pilato los principales sacerdotes y los fariseos para hacer una importante advertencia.
«Señor, nos acordamos que cuando aquel engañador aún vivía, dijo: ‘Después de tres días resucitaré’”.
Eso los inquietaba bastante y, para evitar que sucediera algo así, le hicieron la siguiente petición a Pilato:
«Ordene usted que el sepulcro quede asegurado hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, se lo roben, y digan al pueblo: ‘Él ha resucitado de entre los muertos’; y el último engaño será peor que el primero».

Pilato autorizó que fueran unos guardias y aseguraron el sepulcro y, además, sellaron la piedra de la tumba.
Reacción de los seguidores
Nadie decía nada, el dolor y la tristeza eran palpables, incluso en aquellos que no lo seguían.
Ya no había milagros ni discursos en las plazas y sinagogas, la voz del predicador incendiario había sido aparentemente apagada.
Solo reinaba el miedo, la desorientación y el silencio. Parecía que Dios estaba ausente. Era una sensación de derrota total.
Ese desaliento y desesperanza que sintieron los seguidores de Jesús tras su muerte física es lo que se vive en la sociedad actual cuando el pueblo pone su fe en quienes lo gobiernan y estos fallan a esa confianza.

Momentos en los que todo parece perdido en la sociedad, con esperas sin respuestas a las necesidades y silencios de las autoridades ante los reclamos.
No era el final, era una pausa
La vida de Jesús no quedaba en aquel sepulcro. Allí germinaba algo más y aquello no era el final, sino una pausa.
Aunque no se veía, algo estaba por pasar. Sus enemigos estaban atentos y tenían motivos para estarlo: la historia del Mesías no terminaba en la tumba.

