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Saramago militante hasta el  final

Saramago militante hasta el  final

José Saramago, cuyo verdadero nombre era José de Sousa, y quien hizo del compromiso político un estilo de vida, falleció el viernes a  los 87 años

La muerte de José Saramago deja  el sentimiento de haber perdido a uno de los nuestros. No importa donde estemos porque era un pensador universal.

Muchas se habrán preguntado  por qué un escritor tan profundo y, en ocasiones, difícil como él, es tan leído.

Y creo haber encontrado la respuesta en la forma que tenía de expresar esas profundidades que todos llevamos dentro y que casi nunca queremos aflorar.

Sus temas solían ser los temas eternos. Por eso sus argumentos no eran sino reflexiones sobre el ser, sobre el vivir, el morir, el recordar o el amar.

Saramago fue un militante hasta el final. Un militante de las causas mejores y también las más difíciles; aquellas que acogemos en la juventud y que, poco a poco, la vida nos las hace lejanas.

En su caso no fue así, porque fue irreductible, resistente, implacable con las injusticias; luchador contra todas las formas de dominación; generoso y patriota de la humanidad.  

Un agitador de conciencias profundamente realista. Ha muerto un portugués que amaba a su país con una fuerza y una entrega contagiosas.

  Premio Nobel de Literatura en 1998,  dejó  una extensa obra caracteriza por personajes plenos de dignidad. Su brillante y comprometida creación comenzó con “Tierra de pecado” (1947) y acabó en “Caín” (2009).

  Nunca temió a la muerte, y así lo hizo saber en incontables ocasiones. Incluso en su penúltima obras titulada: “Las intermitencias de la muerte”, que salió a la luz en 2005.

He aquí una sipnosis de esta importante obra:

En un país cuyo nombre no será mencionado se produce algo nunca visto desde el principio del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir.

La euforia colectiva se desata, pero muy pronto dará paso a la desesperación y al caos. Sobran los motivos. Si es cierto que las personas ya no mueren, eso no significa que el tiempo haya parado. El destino de los humanos será una vejez eterna.

   Se buscarán maneras de forzar a la muerte a matar aunque no lo quiera, se corromperán las conciencias en los “acuerdos de caballeros” explícitos o tácitos entre el poder político, las mafias y las familias, los ancianos serán detestados por haberse convertido en estorbos irremovibles. Hasta el día en que la muerte decide volver…    Arrancando una vez más de una proposición contraria a la evidencia de los hechos corrientes, José Saramago desarrolla una narrativa de gran fecundidad literaria, social y filosófica que sitúa en el centro la perplejidad del hombre ante la impostergable finitud de la existencia.

 Parábola de la corta distancia que separa lo efímero y lo eterno, Las intermitencias de la muerte bien podría terminar tal como empieza: “Al día siguiente no murió nadie”.

 Sin embargo, de su producción literaria la obra más controversial fue “El Evangelio según Jesucristo”, la que provocó que fuera excomulgado de la Iglesia Católica, y que el mismo autor la definió de la siguiente manera-

El Evangelio según Jesucristo «es como una relectura de los evangelios, es como un viaje al origen de una religión».

Narrada en tercera persona y centrada de modo particular en las etapas y zonas de la vida de Jesucristo acerca de las que procuran menos información los textos evangélicos, la presente novela ha sido acogida del modo más favorable por la crítica en virtud de su vigor y pujanza literaria.

La felicidad

Decía que era  como una caricia: llega de vez en cuando, se va y en algún momento regresa; pero si estuviera ahí, eterna, se volvería una molestia. Creo que la palabra que mejor la define es armonía.

La religión

“Soy ateo, no creo en la existencia de un dios … Me parece aberrante creer en un dios”.

Afirmaba que la religión nunca ha servido para acercar a los seres humanos. Fue creada para juzgar, para utilizar la fe a conveniencia propia. Ahí tenemos a los judíos y los palestinos, o a los sunitas y los chiitas.

“Por eso creo que la religión es muy mala, sin ella tendríamos un mundo más pacífico”, decía.

Y agregaba: “Hemos escuchado tantas veces que lo último que se debe perder es la esperanza. Pero no: lo último que se debe perder es la dignidad.

El Nacional

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