Tres temas



Efraim Castillo

1. Poteleche
Aunque las caricaturas de Rafael de los Santos (Poteleche) —como unidades representativas de códigos lingüísticos y fonéticos que operan un sistema integrado— están cargadas de la intención fundamental de la parodia, ese vuelo a veces satírico y otras con emulaciones próximas a la burla protagonizada por discursos multimodales, nunca éstas vulneran la esencialidad propuesta: edificar, moralizar y transmitir comprensión en una sociedad como la dominicana, cada vez más cautiva de los desbordes.

En las caricaturas de Poteleche los enunciados gráficos y verbales se sistematizan a través de diálogos en que la lengua —como lenguaje de vida— se apoya en dibujos simples, sondeando la realidad social desde lo coloquial, pero sin transgredir. Posiblemente este discurso lo herede Poteleche desde su profesión de creativo publicitario, en donde la historia (el storytelling), condiciona la poética del testimonio y lo enfrenta a la vida, a lo social y a la historia, para —comprendiéndola— transformarla.

2. Ramón Saba
La importancia de Ramón Saba en el espectro literario dominicano no radica en la cobertura de sus notas ni de sus intenciones de provocar entendimientos entre intelectuales que se consideran profetas.

Lo de Saba es una vocación, una debilidad creada por aquellos que, desde la vieja Grecia, creyeron que en el ser humano se agrupaban frenéticamente dos valores: dar siempre de sí y auspiciar la amistad como estandarte. Por eso, Saba es un raro espécimen al que debemos aquilatar y preservar para seguir sintiendo los júbilos y alegrías que irradian sus mensajes.

Y no sé cómo Ramón Saba se administra para multiplicarse y proyectarse en un multitiempo inalcanzable: escribiendo, estructurando talleres, explorando los recorridos creativos de los escritores nacionales y recreándolos en sus tertulias literarias. Y es entonces cuando me pregunto: ¿tendrá Ramón el don del desdoblamiento? ¿O acaso robó la varita mágica de los magos mitológicos?

3. La aldea global
En una entrevista concedida a Playboy en 1969, Marshall McLuhan dijo enfáticamente que “la constelación de Marconi ‘estaba’ eclipsando la galaxia de Gutenberg”. Esta afirmación estuvo anclada en todo lo expuesto en su octavo libro, Guerra y paz en la aldea global (1968), en donde selló un término que se convirtió en keyword.

El término se refiere a la idea de que, debido a la velocidad de las comunicaciones, toda la sociedad humana comenzaría a transformarse y su estilo de vida se volvería similar al de una gigantesca aldea, debido al progreso tecnológico y a los cambios ocasionados por los mass-media en la comunicación planetaria.

Para McLuhan, los tambores tribales que se circunscribían a una determinada esfera de incumbencia comunicativa habían cedido el paso a la transistorización de la captación del sonido y, con éste, a una información generalizada.

Aldea global, en la aplicación correcta del término, viene a ser la relación encadenada de fenómenos que comunican nuestro mundo a partir de informaciones —fonéticas, impresas o audiovisuales— y más allá de éstas, a través de nuevas referencias.