Opinión

Tropelías de los hijos de un mal padre

Tropelías de los hijos de un mal padre

La prostitución del voto, es la más odiosa  consecuencia del prolongado ejercicio del clientelismo. Ha fundido el compromiso de ejercer el sufragio con la intención de preservar enormes privilegios y prebendas, o simplemente prolongar la recepción de migajas.

 Cuando el 1 de julio de 1966 Joaquín Balaguer fue colocado en la Presidencia de la República tras una farsa electoral en la que el poder estadounidense dejó ver sus sucias garras, el propio Balaguer comenzó a preparar los  montajes siguientes, ocupándose de no dejar el fraude sólo en el conteo.

    La matanza de valiosos dirigentes de la izquierda política, del movimiento popular y de las organizaciones más representativas de diversos grupos sociales, fue acompañada por la cooptación de figuras que aceptaron el soborno en diversas modalidades, por la compra de voluntades a través de la repartición de raciones de alimentos y de pequeñas sumas de dinero, y por una permanente propaganda sobre el desfase de los principios.

Ese burdo pragmatismo fue asumido como “doctrina” por dirigentes de la oposición electoral, hasta el punto de que José Francisco Peña Gómez ejerció decisiva influencia en la declaración de Joaquín Balaguer como “padre de la democracia”.

Luego, los discípulos de Juan Bosch llegaron al Palacio Nacional aceptando el dinero y la protección política de la  camada balaguerista,  sin reparar en el olor a sangre y en la ostensible mancha del peculado y sin cuestionar su ligazón con una parte del crimen organizado que muy bien le ha servido.

  ¿Qué esperar de un sistema político hijo de semejante padre? Lo ya visto: la prostitución del voto, la conversión del erario en botín y el uso del poder para garantizar la impunidad de civiles y militares ligados a las más sucias modalidades de acumulación de fortuna y de capital.

 Es lo que ha hecho el sistema como conjunto, y no hay que vacilar al atribuirlo en forma particular a  uno de los mal llamados partidos cuyos dirigentes han derrochado millones en una campaña asquerosa y alienante.

¿Con qué  autoridad se nos convoca a las urnas? ¿En qué código moral es definida como patriotismo la acción de legitimar lo podrido?

El Nacional

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