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Trujillo, la fascinación por el objeto perdido

Trujillo, la fascinación por el objeto perdido

Debemos comenzar hablando de ciencias sociales para abordar la novelística en República Dominicana, debido a que desde sus inicios ha estado marcada por esta disciplina.  Pedro Francisco Bonó, además de considerarse el primer novelista dominicano (¿?) con la publicación en 1856 de la novela El Montero,   se le considera también el primer sociólogo. 

Historia de la Sociología de República Dominicana y Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, son  clásicos de las ciencias sociales atravesadas por el pensamiento positivista de la época. 

En esa misma dirección aparece en el 1940 el texto República Dominicana: Análisis de su pasado y su presente, de Juan Isidro Jimenes Grullón, y años más tarde, Juan Bosch publica Composición social dominicana. La importancia de estos acontecimientos bibliográficos es que marcan la orientación socio histórica de la novelística dominicana, al menos en dos de los autores supra referidos.

La novela dominicana se inicia en el marco de esa perspectiva. Ya sea como testimonio o como telón de fondo de la trama, aparecen los acontecimientos históricos y sucesos.  Con algunas excepciones, la novela actual todavía recupera el tema histórico.  Uno de nuestros  escritores contemporáneos, Marcio Veloz Maggiolo ha  centrado su discurso de ficción en la recuperación de lo urbano desde una memoria que ha sabido dejar como telón de fondo de la vida cotidiana, del bolero, los amores y los sueños del barrio, la realidad a veces desgarradora de la dominación castrante que atraviesa las vidas de los personajes.  Esto se pone en evidencia en  novelas tales como: Materia  Prima, Uña y Carne y la Biografía Difusa de Sombra Castañeda.

Un recorrido por los inicios de la novela dominicana revela  sus ejes temáticos, a saber:   la llamada novela de la caña representada por De cañas y bueyes, de Moscoso Puello y Over de Marrero Aristy.  Más  allá de estos pretextos temáticos, late la preocupación por la cuestión social.    El realismo mágico, que  Alejo Carpentier narra en  novelas como el Reino de este mundo, pone en evidencia la forma en que se mezclan realidad y ficción en Latinoamérica y en ocasiones, los novelistas suplantan al historiador, o más bien el historiador cambia la fidelidad del archivo por su lectura de una experiencia donde no es fácil distinguir dónde la torsión introduce un encantamiento de lo real o dónde el realismo se vuelve maravilloso.

Todavía hoy se discute si el trujillismo representa una ideología en la República Dominicana. Louis Althusser  dice que lo ideológico se establece en una relación simbólica, en la medida en que los individuos participan voluntaria o involuntariamente de un conjunto de representaciones sobre el mundo, la naturaleza y el orden social. El nivel ideológico funda así una relación hermenéutica entre los individuos, en tanto que las representaciones funcionan como discurso que vincula a tales individuos. Lo ideológico se estructura como una narrativa.

Desde este punto de vista, es en el arte, la ficción y los mitos cotidianos que podemos leer las resimbolizaciones evidencian a una determinada ideología.  Trujillo aparecía como símbolo o emblema de la ciudad; aparecía en los eventos patrios, en las celebraciones, en las estampillas del correo, en las tapas de las cloacas; se filtraba en la cotidianidad; su efigie estaba en las salas y las iniciales de su nombre eran el eslogan del partido único.

Trujillo  como símbolo, atravesó un trecho de la historia para, todavía hoy, permear el imaginario colectivo. La fundación de la ciudad Trujillo, luego de desbastado el viejo Santo Domingo por el ciclón San Zenón,  la mezcla de las festividades patrias con la exaltación de la figura del Jefe, el compadrazgo y la seducción  fueron creando un sistema de pensamiento que, alimentado por el mesianismo y el pseudo nacionalismo, generaron un orden político, social e ideológico. Hoy, la convivencia de criminales y “héroes”, evidencia un juego que va más allá de las circunstancias históricas, y revela un sistema de representaciones y emblemas socioculturales que no han desaparecido. 

Con este entramado mítico, la figura del Dictador se convierte, como dice Andrés L. Mateo, en una doble articulación: figura histórica y figura de ficción.  Pero la realidad de estos pueblos está tan próxima a la ficción que una “novela” como la  Fiesta del Chivo es celebrada como un ejemplo de novela de la dictadura, con su “derroche” de imaginería a lo Vargas Llosa, cuando en realidad es sólo una suma de anécdotas tomadas de su cotidianidad.

En una defensa a su novela, Vargas Llosa afirma que la figura del dictador en la novela latinoamericana ha sido tratada con extravagancia, dejando ver lo grotesco de los personajes. 

Sin embargo, en la Fiesta del chivo el escritor peruano evidencia  un exceso de crónica histórica y un pobre manejo de un personaje tan rico como Trujillo, no sólo por su condición de Dictador, sino por los tantos perfiles míticos que contiene el rumor ficcional en torno a él (las brujas de palacio, las mujeres de Trujillo, la figura del macho deificado etc.) y las inacabables historias tejidas con la vida de sujetos que no han podido matar al imaginario de la dictadura y se defienden racionalizando y abultando su supuesta oposición, o enarbolando su adhesión sociopatógena a la Era.

Vargas Llosa trabajó no un narratario, sino anécdotas e “historias” que debilitan la estructura novelada. Urania es, quizá, el único personaje bien delineado en el tramado mítico; los demás son sujetos históricos más o menos vislumbrados por la memoria de testigos consultados.

Paul Recouer afirma que la narración es  una forma de dar a conocer el mundo. Pero existen los Mundos posibles que se sostienen por la memoria y el deseo; el  Mundo de lo real, interregno de las percepciones del narrador o del historiador,  y Mundos imaginarios, que implican una presencia del narrador en lo narrado, donde el personaje revela la imagen especular del escritor. 

En la mayoría de las novelas escritas sobre la dictadura, se expresa esa cuestión, no sólo de la presencia del narrador en lo narrado sino de su fascinación por un fragmento de la historia testimonial de la cual no termina de zafarse el imaginario colectivo.

 La obra de ficción se basa en la memoria y el olvido.  El lapsus es un recurso de defensa ante una memoria que no queremos saber: el terror, el miedo y, sobre todo la subordinación.  La recurrencia a la Era en la novela dominicana, se explica por esa necesidad de convertir en ficción lo real de un proceso de subordinación y  fascinación, que se pone de manifiesto en los encuentros casuales, en las conversaciones informales, en la convivencia con restos de la dictadura; en la añoranza  masoquista por la Era. Apologetas y detractores en su síntoma compulsivo de la repetición.

No es el sentido de la historia lo que cuenta aquí, sino la atadura ideológica: la dictadura como objeto de deseo. La “paz y el orden” inquiridos nos conducen a la repetición del síntoma social que representa la añoranza por el objeto inalcanzable en lo real y buscado en lo imaginario. El dominicano no está fascinado por el viaje a lo imposible sino por el retorno al punto de partida.  Añorar la dictadura porque en ella vivía la ficción del bienestar que el miedo en situaciones extremas hace fantasear. Frente a esta realidad que vivimos como consecuencia de aquello que no queremos saber, todo tiempo pasado fue un goce.

El Nacional

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