Sobre los atentados del 11 de septiembre del año 2001 se ha sustentado el rediseño del esquema imperialista y la reorientación de la política exterior, dirigida a afianzar la hegemonía del poder estadounidense. La impopularidad de las guerras, por su costo en vidas y por su alto costo en dinero, se constituyó en un peligro para la estabilidad política y social en Estados Unidos y en otros países. Para mantener la estabilidad social y política a pesar de esta situación y de la crisis financiera, los estrategas de ultraderecha se apoyaron en el ascenso político de Barack Obama, y esto es cada vez más evidente.
El anuncio de la multitudinaria fiesta que tuvo lugar ayer, alcanzó para hacer menos evidente la ilegitimidad del poder.
La ultraderecha tenía necesidad de oxigenar el sistema y no vaciló en apoyarse en la necesidad de cambio existente en la población.
Importante la superación del prejuicio racial en una parte importante de los hombres y mujeres de nacionalidad estadounidense, y esperanzadora la apuesta al cambio, pero hay que destacar que el enorme poder acumulado por la ultraderecha sigue siendo un obstáculo para el cambio.
Las negociaciones con la ultraderecha condicionaron la acción de Obama como candidato y como presidente electo, y marcaron su discurso de toma de posesión. Muchos fragmentos del discurso que pronunció ayer, fueron dictados por las negociaciones con la ultraderecha como sector y con grupos específicos como el grupo Clinton.
Mucha gente recibió el mensaje con alegría, pero el contenido estuvo marcado por la tradición conservadora. Obama dijo lo que dijeron casi todos sus antecesores inmediatos.
En 1961, al tomar posesión, John F. Kennedy advirtió a toda nación, quiéranos bien o quíeranos mal, que Estados Unidos pagaría el precio que fuera necesario en la lucha por la libertad. En los discursos de toma de posesión de Jimmy Carter, Ronald Reagan, George Bush (padre), Bill Clinton, y hasta George W. Bush, hay advertencias de ese tipo.
Demasiado predecible resultó, pues, la advertencia contenida en el discurso de Barack Obama: Para aquéllos que buscan avanzar en sus objetivos mediante el terror y la matanza de inocentes, les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podrá ser quebrado; no podrán vencernos y los derrotaremos. Hubo advertencias para los países musulmanes y para los gobiernos de cualquier parte del mundo que busquen culpar a Occidente de los problemas de sus sociedades.
Anunció la retirada responsable (los hechos ahorrarán esfuerzos en la interpretación del término) de las tropas de Estados Unidos en Irak y seguir buscando la paz en Afganistán, Retirada gradual de Irak y reforzamiento de la presencia USA en Afganistán, es la lectura. Guerra, sin duda.
Advertencia y anuncio, hechos con la banda presidencial, sin que haya sido objeto de revisión el concepto de terrorismo que se maneja en las instancias del poder temporal y del poder permanente, dejan claro que el presidente Obama sigue reconociendo como daños colaterales los miles de civiles muertos en Afganistán y las numerosas víctimas (cientos de miles) de la invasión a Irak. Asume el criterio imperialista sobre el papel de Estados Unidos en el mundo… Hay que advertirlo, a pesar de que la fiesta no ha terminado.
La crisis económica, la atribuye a la avaricia e irresponsabilidad de algunos y a la incapacidad colectiva para tomar las medidas necesarias. No reconoce la clasificación en víctimas y victimarios (¿recurso contrainsurgente?). Por eso, y por el compromiso con los halcones, apoyó hace dos meses, igual que su rival John McCain, la medida de la Administración Bush de destinar millones de dólares del erario a garantizar los intereses del gran capital.
Se ha hecho acompañar por reconocidos sionistas e impenitentes guerreristas (que a su juicio no son terroristas), personajes que aplaudieron su discurso, no por lo emotivo del momento, sino por identificación auténtica… Es importante la búsqueda de cambios, pero la ultraderecha comenzó a aguar la fiesta. Y pretende ahogarla… Con Obama como colaborador, por supuesto.

