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Una acusación aviesa

Una acusación aviesa

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Clarivel Nivar Arias, entonces jueza del Segundo Juzgado de la Instrucción del DN, le dio visa a las cinco hojas de aquella acusación plagada de falacias y lastimeras imprecisiones de tiempo, lugar y modo respecto de la ocurrencia de los hechos atribuidos a Juancito y Josecito.

Su dudoso papel de tercero imparcial dio lugar a varias versiones, una de las cuales habría sido contante y sonante como consta en una declaración jurada prestada por una persona que a la sazón trabajaba con la supuesta víctima, cuyo original guarda consigo quien esto escribe.

Otra gira alrededor de su relación con el entonces titular de la Procuraduría Fiscal del Distrito Nacional, Alejandro Moscoso Segarra, quien se habría interesado personalmente en el dictado de una decisión desfavorable a los imputados.

Sea como fuere, lo cierto es que la misma no condujo a nada, pues la Segunda Sala Penal de la Corte de Apelación del DN, presidida por el honorable magistrado Ramón Horacio González Pérez, admitió el recurso de apelación que se interpuso contra el malhadado auto de apertura dictado por Nivar Arias, el cual se basó en la comprobable masacre de garantías fundamentales de los imputados.

Dicha decisión fue luego confirmada por la misma alzada con ocasión de un recurso de oposición, y posteriormente, la Suprema Corte de Justicia cerró el camino al declarar inadmisible el recurso de casación que la “víctima”, así entrecomillas, elevó en su empeño de mantener con vida el proceso. Atrapado y sin salida, éste no tuvo más opción que pagarle a los imputados treinta y tres millones de pesos a título de reparación de daños morales.

Hasta donde se sabe, el caso fue en principio orquestado por Frank Cabral Calcagno y Abel Rodríguez del Orbe, incorporándose luego Víctor Díaz Rúa y Ciro Cascella, sobre quienes un destino adverso ha descargado su furia.

Uno de los imputados en aquel proceso fue el autor de este artículo, que con denuedo, valor y determinación enfrentó a los mencionadas personas que se hermanaron en cuerpo y alma en su arrebato de torpezas y soberbias.

Diez años han discurrido desde la resolución de la jueza Nivar Arias, a lo largo de los cuales he sido testigo de cómo Dios ha administrado justicia divina sobre el grupo, incluido a cierto abogado del montón que se sumó a la correría, y que entre otras tantas vicisitudes sufrió el escarnio.

En “La Dama de las Camelias”, Alejandro Dumas sugiere dejar por el camino de la vida la dádiva de nuestro perdón.

Esta serie de artículos, unido al testimonio que hoy he ofrecido, no es más que la apología de la perdición moral a que propende el abuso. Aunque mi queridísimo amigo Ricardo Ravelo y yo fuimos entonces las víctimas de Nivar Arias y los promotores de lo narrado en estas ocho entregas, acojo el consejo dado por Dumas en su novela rosa ambientada en Paris durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans, y aquí les dejo como limosna mi perdón.

El Nacional

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