Una prueba crucial para la libertad de expresión en Estados Unidos



El caso del periodista australiano Julian Assange, detenido el día once de este mes por Scotland Yard en la embajada de la República de Ecuador en Londres, luego que el presidente ecuatoriano Lenín Moreno le retirara la condición de asilado que tenía desde el 19 de junio de 2012, es una prueba crucial y definitiva de sí en verdad Estados Unidos respeta la libertad de expresión, conforme tremola ser su primer guardián planetario.

Por la preservación de ese canon fundamental de la libertad de expresión, Estados Unidos se arroga la facultad unilateral que ningún gobierno ni organismo internacional le confiere, de monitorear la conducta de los 193 países que conforman las Naciones Unidas, y absolver o disponer sanciones económicas, orillando el derecho internacional.

El primero de sus tres viacrucis inicia cuando Assange fue notificado por la fiscalía de Estocolmo acusándolo de violaciones sexuales a cuatro meretrices, tres fallecidas, y la cuarta retiró la acusación, omitiendo las cuatro quien financió las acusaciones.

El osado y valiente periodista iniciará su segundo viacrucis enfrentando la justicia británica, que le acusa de violentar la condición de asilado político, que no compromete su seguridad ni la del Ml6.

Assange, 47 años, luce deteriorado y encanecido, desde cuando ingresó rozagante con pelo negro a la misión ecuatoriana en calidad de asilado, consecuencias evidentes del tiempo confinado en una reducida habitación de la embajada ecuatoriana, idéntico a una cárcel cualquiera, impedido ejercitarse y tomar sol, que debiera ponderarse como atenuante de la pena que inexorablemente descargará contra él Estados Unidos, su tercer viacrucis, que le acusa de hackear documentos secretos concernientes a las guerras de agresión contra Afganistán e Irak,divulgados en WikiLeaks, que fundó, publicados sin consecuencias penales por la prensa mundial, que vimos todos.

La recurrencia de la tortura es un estilo aborrecible como norma de Estados Unidos, conforme recordamos los dominicanos que por primera vez en nuestra historia de 175 años practicó aquí durante su primera afrentosa intervención (1916-1924), y las dos guerras comerciales, todas, injustificables, accionadas por los presidentes George Bush padre e hijo, contra Afganistán e Iraq.

Conforme conoce la comunidad internacional, periodistas y escritores, los métodos aberrantes que implementa Estados Unidos con prisioneros políticos, gráficamente cincelados por el escritor Hugh Thomas en su libro Las Torturas mentales de la CIA, que Assange, desde un principio, externó su temor, de ser extraditado a Estados Unidos.

En una primera solapada versión, Washington expresó que juzgará a Assange por delitos de hackeo en documentos secretos, y no tanto, pues estaban disponibles en ordenadores fáciles de detectar por cualquier supino de informática, avanzando que Assange podría sufrir condena de cinco años.

Empero, ese primer cotejo incriminatorio irremisiblemente derivará en condenas superiores, temiéndose, conociendo el estilo de Estados Unidos en estos casos, que pendulará de cadena perpetua a pena capital, que concluirá en la prueba definitiva y crucial para Estados Unidos ante su real rol de cancerbero de los derechos de la libertad de expresión y libre acceso y difusión de la información
Preciso es contextualizar el caso de Assange, pero con métodos diferentes inexistentes entonces con Watergate, que concluyó con el impeachment al presidente Richard Nixon en 1971 por grabaciones en el hotel de Washington a la Convención del Partido Demócrata, divulgados por el gran diario The Washington Post.

Desde un principio, estimé que el primer garrafal error de Assange consistió en asilarse en la embajada de un país como Ecuador, sin peso específico en la comunidad internacional, que debió optar por las embajadas de su país Australia, Rusia, China, Cuba o Corea del Norte, donde inclusive, hubiese obtenido salvo conducto para abandonar la sede diplomática y viajar a un desino seguro.

La suerte final de Assange no dependerá de la defensa que podría implementar su país natal Australia, sino la expectativa de la aldea global y Naciones Unidas, que exigido debido proceso, concerniente a la forma como Estados Unidos manejará su caso, en una prueba definitiva que desnudará su protagonismo en la titularidad inconsulta de guardián de la libertad de expresión, o la reiteración veraz de cuanto ha postulado siempre.

El reciente error de Assange consistió en desde su asilo, hackear al presidente Moreno, que decidió cancelar la condición de exiliado en su embajada londinense, otra prueba de su compromiso visceral con el derecho a informar, y en ese apasionado accionar, ponderar su rol de valiente periodista, y considerar endosarle los palmareses de un Jhosep Pulitzer o María Moors Cabot.

El caso Assange constituye la propicia y dorada coyuntura para establecer un antes y un después concerniente al derecho a informar en Estados Unidos, pulverizando la facultad unilateral que nadie le ha otorgado del monopolio inconsulto de la verdad y la libertad de información, idéntico al racismo del Ku Klux Klan, lacras de una sociedad que inclusive no sancionaron los llamados “Padres Fundadores”, esclavistas todos,diafanizados por Margaret Mitchell, Harriet Beecher Stowe, Martin Luther King, Harper Lee, y Rosa Parks.