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Veloz Maggiolo y  “Los mendigos memoriosos”…

Veloz Maggiolo y  “Los mendigos memoriosos”…

Gusto de imaginar a mi admirado amigo Marcio Veloz Maggiolo (1936), ya anciano en su saber, apoltronado en una de las puertas antiquísimas de la Catedral, sentado en una silla de mimbre gigante; dispuesta para dar consejos o esclarecer misterios al más desprevenido.

Lo miro ahora, fijo -¿correría el julio del 2060?-, con la mirada lenta, pero como antaño escrutadora, sosteniendo un bastón de plata con la mano derecha, y con la izquierda, quizás –si la mirada del recuerdo no me engaña- un manojo de cuartillas recién tintadas.

Y es que pienso que Marcio Veloz Maggiolo ha construido su vida letrada de remaches, puesto que ha compuesto su indiscutida eternidad, con los retazos lúdicos de una ciudad y un país que ya no existen. Aunque algunos boleristas de buen talante opinen que recordar es recobrar.

Si en Santo Domingo no hubiera desaparecido –de “hecho” mas no de “derecho”- la otrora venerable figura de “Historiador de la Ciudad”, este título de cierta invocación nobiliaria recaería con justicia y sin lugar a dudas en los hombros del acucioso arqueólogo y reconocido novelista.

Marcio pone a la ciudad en su sitio. Y fija la memoria de su vacilante fantasmática, a través de la aventura y el denuedo de sus más abyectos prohijadores.

Siempre describiendo hombres, niños y mujeres comunes; universalizados en sus revoltijos domésticos. Diciéndonos, como quien no quiere la cosa, que la esencia de “lo real dominicano” sobrevive en la calle, en la querella. En la rumba melosa que goza la prieta, y en los indiscretos ojos urbanos que advierten su extravío, bajo esa extraña mezcla de dicha y tristeza que estructura su ser, y que a diario debate sus sueños de realización entre el ruido y el hacinamiento.

Veloz Maggiolo memoriza con gracia la épica de una ciudad que ya no existe. Perfila con destreza su entorno humano, pero reconoce sólo en los bordes la semejanza actual de su desquiciamiento.

Me atrevo a decir que quizás sin quererlo, el autor de “Los ángeles de hueso” (1967) y de “La fértil agonía del amor” (1982), nos revela lo que bien podría preverse como el reverso secular de su propuesta escritural. Esta es, y es una paradoja: que la ciudad de Santo Domingo, hoy día, por hostil, no está hecha para la memoria, sino para el olvido.

Recuerdo que de niño mi padre me hacia leer en voz alta todos los letreros comerciales que pasaban -raudos y fascinantes- por encima el techito roto de nuestro desvencijado Datsun 120-Y. Entonces, el neón era una sorpresa y un desquite ante el anquilosamiento intolerable de una ruralía paterna orgullosa. 

Yo crecí viendo y gozando esa ciudad un tanto mítica, que entonces -¿todavía?-, era intransferible propiedad de mi admirado amigo Marcio Veloz Maggiolo.

Ya adolescente, en el Parque Enriquillo de su Villa Francisca legendaria, el virtuoso “culebrólogo” pidióme entregara a uno de sus ayudantes mi recién estrenada Cédula de Identidad –en ese tiempo el Carné Electoral, de color verde, venia por separado- adivinando para mi deslumbramiento infantil, su número exacto; con el consiguiente y largísimo código serial.

¡Aleluya don Marcio! Ese día descubrí que lo mágico era posible. Luego, ese mismo sábado, pero en el Parque Colón tras una retreta, confirmé que el respeto a los símbolos patrios era verdadero. Y ya en la noche –la noche: ¡ese botín magnifico de sabrosas veleidades!-,  fui testigo frente a mi padre y algunos de sus amigos, de que ciertamente la palabra empeñada era -¿es?- un icono de lo sagrado, del mismo modo que “una galleta a un hombre se paga con una puñalá”, porque la misma es -¿era?- más que una deshonra, una afrente imperdonable ante lo viril.

Pero sucede que si “recordar es vivir”; rememorar supone también, ausentarse en el presente para de alguna manera escudarse en el pasado; viviendo el futuro como la incertidumbre campante de un pesimismo, unas veces asumido, otras veces oficiado desde “el inconsciente”.

Mi generación, tanto está perdida en su asombro como encandilada en su espanto. Y aunque no lo queramos admitir, esta ciudad ya a nadie nombra ni convoca. Sus habitantes viven –vivimos- el presente de la velocidad. Son –somos- autómatas del futuro –los “autonautas de la cosmopista”, diría Julio Cortázar- , en el interior de su barbarie calenturienta.

La ría que le atraviesa –en cuya orilla amé de veras y busqué corozos-, es el desplome connatural a nuestra psiquis. ¡Y ya nadie va al mar a beberse toda su nostalgia! Estamos perdidos en la memoria de nuestro abatimiento. Es decir; el pasado nos deslumbra, porque rememorar pasajes adolescentes, henchidos de alumbramientos inusitados, nos reconforta ante un presente tan beligerante y falto de imaginación. Huérfano de bondades humanas e inmaculados  paradigmas.

Quizás sin saberlo, querido Marcio, los escribidores dominicanos, pretendemos que huimos de la desolación que supone oficiar la crónica del caos en el desmembramiento moral del hombre contemporáneo, cuando nos convertimos en penosos mendigos de su memoria desfalleciente.

El Nacional

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