Desde que en España, en el año 2001, sustituyeron la peseta por el euro, adquirí, sin apenas darme cuenta, una costumbre: empecé a calcular los nuevos precios en la moneda caída en desuso. Aquella era la única manera de enterarme cuánto estaba pagando por lo que quería comprar. Además, siendo agente de seguros, como lo era en la época, la gente seguía solicitándome, las coberturas de los mismos, en pesetas. Tampoco les estaba resultando, en general, fácil adaptarse al cambio. Por cierto, desde aquel suceso, el costo de la vida empezó a subir paulatina y fuertemente. En un principio me costó mucho pensar en euros pero, como a casi todo en la vida, uno acaba acostumbrándose. Esta divisa terminó ganando la batalla, en mi cabeza, y ahora, cuando viajo fuera de Europa, todo lo traduzco, inconscientemente, a ella.
Aunque llevo ya dos años residiendo en nuestro país, sin ser consciente de ello, cuando me fijo en el precio de algo que necesito o deseo adquirir, se pone en marcha mi calculadora mental y, sin querer, computo el monto, de pesos a euros.
He ido percibiendo, en el tiempo transcurrido aquí, lo caro que resulta hacer la compra. Alimentarse no es un lujo, es una necesidad vital y diaria que no puede postergarse, como si de un capricho se tratase.
Madrid no es una ciudad barata, ni mucho menos. El supermercado que estaba más cercano a mi casa no era de los más caros pero tampoco de los más económicos. No obstante, al no tener vehículo, por entonces, me resultaba cómodo pues podía dirigirme allí caminando.
Es increíble pero, cuando se pone en marcha esa calculadora mental mía, que he mencionado, me doy cuenta de que, por ejemplo, comprar un tarro de mermelada es imposible aquí, si uno no dispone de mucho dinero, pues no es un artículo indispensable. Adquirir un jugo, de los que vienen en cartón, cuesta más de un euro, cuando, en el supermercado madrileño del que les he hablado, se pagaban unos 40-45 céntimos por litro.
En diversas ocasiones, en las que el presupuesto no me alcanzaba para comprar carne de res, recurría a surtirme de la de cerdo. Molida, en trocitos para guisar, en una pieza, para hornear, etc., pues salía bastante más económica, y es sana y deliciosa.
Las alitas de pollo, un alimento del cual, si no nos abastecemos de una cantidad considerable, apenas rinde, podía adquirirlas a 3 euros, algo más de 150 pesos, por un par de kilos. Cada kilo, como saben, equivale a más de dos libras. Un queso y un jamón decente, en nuestro país, también son alimentos prácticamente intocables. Y, con la única excepción de los víveres y los plátanos o los guineos, los vegetales están por las nubes. Si tenemos que comprar algún producto enlatado, despidámonos de otras cosas pues, su precio, suele ser bastante elevado. Los productos de limpieza, salvo en raras excepciones, son también más caros que en España. Sin contar que, si uno quiere evitar enfermarse, no tiene más remedio que comprar botellones de agua, ya que, la de la llave, no es potable. Y así, un largo etcétera, abusivo, a mi modo de ver.
Me pregunto, cada vez que voy a hacer la compra, para mí que vivo sola, cómo se las arreglarán las familias para poder subsistir. Los sueldos medios, de esta nuestra república, no están, en absoluto, en concordancia con el precio de la compra alimentaria ni con muchas otras cosas imprescindibles. Se me rompe el corazón cada vez que veo a alguien consumiendo un plato de arroz blanco, sin nada que le dé un toque de alegre sabor, para no morir de inanición.
