El año pasado escribí una de tantas anécdotas que, por desgracia, se producen en el mundo, sobre la violencia física de género. Hoy voy a referirme a otro tipo de intimidación: el psicológico. No mata instantáneamente pero, como un veneno suministrado en pequeñas dosis, va asesinando la mente de la víctima. La violencia psicológica es un conjunto heterogéneo de comportamientos, intencionados o no. Desde el punto de vista jurídico español, tiene que existir la intención del agresor de dañar a la víctima para que se trate como un delito penado por la ley, pues implica una coerción, aunque no se utilice la fuerza.
No se puede hablar, empero, del tema como tal, mientras no se trate de una situación continua o prolongada. Un insulto puntual, un desdén, una palabra ofensiva, etc., son ataques, pero no lo que entendemos por violencia psicológica. Para que ésta se produzca, es preciso que pase un tiempo en el que el verdugo maltrate a su víctima, llegando a producirle una lesión psicológica. Esa dislocación, sea cual sea su manifestación, es debida al desgaste emocional del torturado.
La violencia psicológica tiene dos caras: la pasiva y la activa. La primera es la falta de atención hacia la víctima, cuando ésta depende del agresor y/o el abandono emocional. La segunda, el agravio activo, tratos degradantes continuos, difíciles de detectar, porque la propia víctima, muchas veces, no llega a tomar conciencia de que lo son. Las que son conscientes, en numerosas ocasiones, no se atreven o no pueden defenderse y no comunican su situación ni piden ayuda. Otra manera de violentar es el acoso psicológico que tiene el objetivo de destruir moralmente al otro. Dentro de este tipo de asedio, no hay que olvidar el acoso afectivo. Éste se manifiesta con una conducta de dependencia en la que el acosador le hace, al acosado, la vida imposible, devorando su tiempo e intimidad, con sus manifestaciones exageradas de afecto y sus demandas de amor.
Existen múltiples expresiones de violencia psicológica, por ejemplo, la sobre protectora, la insospechada e incluso la consejera, que tiene, a veces, un matiz de amenaza y acosa, imperceptiblemente, a la persona que no se deja aconsejar.
La violencia psicológica es más difícil de demostrar que la física, porque sus huellas no son visibles a simple vista. El maltratador suele manipular a su víctima para que crea que exagera y logra que se sienta culpable. Lo mismo hace con su entorno, intentando demostrar que es un excelente cónyuge, familiar o amigo. Existen casos en los que la agresión es tan sutil y sofisticada que resulta casi imposible descubrirla. Pero siempre deja marcas psicosomáticas en quien las sufre.
Hay varias formas de detectarla aunque, por desgracia, muchos no las conocemos o no queremos conocerlas, sintiéndonos culpables si lo hacemos. Percibir la violencia que sufre otra persona es más fácil que cuando uno es la víctima, porque desde fuera, las cosas se ven con mucha más claridad.
Deberíamos conocer que tenemos un mecanismo neurológico, llamado habituación. Consiste en que, el sistema nervioso deja de responder a estímulos cuando éstos se producen continuamente. A veces somos conscientes de la hostilidad que sentimos hacia una persona pero no del maltrato que le ocasionamos. Sentir rabia, envidia o rencor contra otros es natural, las emociones no obedecen a la razón. Pero sí podemos controlar nuestras acciones.

