En torno a Aída Bonnelly
Una sala del Teatro Nacional – que es templo nacional del arte- fue convertida en otro tipo de templo –una capilla, tal vez- donde al menos por una hora se logró palpar la presencia del Espíritu Santo para recordar a una mujer, a una artista, digna de recordación y aprecio perpetuo.
“Una dama que hizo por muchos años vida activa en nuestra cultura, como lo fue ella, merece todo el reconocimiento a que se hizo acreedora”. Esas palabras corresponden a José Rafael Lantigua en el envidiable artículo “Una dama como ella no puede irse así, en silencio”, publicado en Diario Libre.
En la sala que lleva su nombre, Aída Bonnelly de Díaz, destinada habitualmente al arte y el discurrir de la palabra, no precisamente sagrada, tuvo lugar la celebración durante la cual el área fue cubierta por una atmósfera ligera y los participantes experimentamos una notable abstracción.
El sacerdote Pablo Mella, inteligente y sensible, orientó la celebración en torno a la música y, como filósofo, discurrió sobre la relación entre el arte, como expresión sublime del espíritu, y Dios, máxima expresión de la sublimidad. Fue una exaltación a la belleza y las riquezas espirituales.
Las lecturas incluyeron un artículo de doña Aida Bonnelly, el cual destilaba sapiencia a través de profundos consejos para los jóvenes artistas. Explicaba la pianista y maestra de música los requisitos para alcanzar el Arte supremo. En la homilía, el padre Mella relacionó el Arte con Dios.
Sobre el altar se mostraba, cual libro sagrado, un ejemplar de “En torno a la música”, una de las obras de la artista y escritora de libros para niños. Otra lectura, del apóstol Pablo, hacía referencia a instrumentos musicales, cual si hubiese sido escrita para la ocasión.
El Evangelio fue tomado del pasaje en el que Jesús expresa: “¿A quién compararé esta generación? Es semejante á los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, y dicen: Os tañimos flauta, y no bailasteis; os cantamos canciones tristes y no os lamentasteis”.
Trozos de piezas musicales de Schumann y Bach contribuyeron a crear el ambiente etéreo que cubrió el oficio religioso. Al final, doña Idelissa Bonnelly de Calventi, hermana de Aída, con voz suave, baja, vinculó la música con la naturaleza, lo que ella ha estudiado. Y también fue emocionante.
Cito de nuevo a Lantigua: “¿Cómo puede irse así, en silencio, una dama tan relevante de nuestra cultura? ¿Debiéramos permitir, los que formamos parte de eso que se denomina comunidad cultural dominicana, que sean relegados al olvido o descuidados por la indiferencia, el nombre y los aportes de Aída Bonnelly de Díaz? “
Rafael Peralta Romero
rafaelperaltar@gmail.com

