En los jornadas políticas, el discurso habitual de los ganadores tiende a cubrirse de generosidad y éstos recurren a expresiones tales como: aquí no hay vencidos ni vencedores, somos todos hermanos. No falta el ramo de olivo al adversario y la invitación a que juntos impulsemos el desarrollo de nuestra nación.
La excepción ha sido Nicolás Maduro, recién posesionado presidente de Venezuela. Horas después de ser declarado ganador de unas elecciones controversiales, llamó a sus seguidores a lanzarse a las calles, no a bailar joropo y celebrar con cervezas la victoria, sino a enfrentar a la oposición que pedía recuento de los votos.
Hasta el pasado jueves se habían contado ocho personas muertas como consecuencia de las acciones callejeras de chavistas que no maduristas- y los militantes de la oposición. El líder opositor y ex candidato presidencial, Henrique Capriles, alega irregularidades en los comicios que implican un millón de sufragios.
En Caracas, los simpatizantes de Capriles bloquearon calles con la quema de basura y neumáticos, y realizaron cacerolazos. Las protestas se desataron luego de que el Consejo Nacional Electoral proclamara presidente electo a Maduro, quien como detentador del mando presidencial se propuso impedir una marcha de los derrotados.
Pero no sólo hacia lo interno de su país el nuevo gobernante ha mostrado su disposición para la confrontación. Recién electo, colisionó con el gobierno español, al que advirtió con virulencia: «Cuidado España que Venezuela es libre y el gobierno de España se mete con el digno gobierno de Venezuela».
Confrontación con los Estados Unidos de América no podía faltar en un político que cabalga sobre el nombre y la imagen de Hugo Chávez, a quien el extinto líder ha ungido y se posa sobre él en forma de pajarito para señalarlo como su hijo amado. De ahí que Maduro declare a los gringos que no les importa el reconocimiento de su gobierno.
Quien va a gobernar un país con 29 millones de habitantes, con mucha riqueza y mucha pobreza, y que tiene la mitad de la población en contra, pudiera ser más mesurado en sus actitudes frente al opositor. Pero Maduro permite que enardecidos seguidores amenacen con destituir a Capriles de la gobernación que ganara por elecciones.
Si conducir un autobús es un trabajo delicado, ¿qué será entonces dirigir una nación como Venezuela? Los actos y pronunciamientos de Nicolás Maduro desde el domingo 14 hasta la juramentación, lo tipifican como alguien que no hace honor a su apellido. Al antiguo chofer de autobús y ahora presidente le sienta bien el prefijo In delante del apellido.

