¿Anthony Phelps? Fue en boca de mi padre, el doctor Guarocuya Batista del Villar que oímos hablar por primera vez de Anthony Phelps, años después de un viaje turístico que emprendiera a Puerto Príncipe (1968), de donde trajo, entusiasta, un disco con la voz del bardo haitiano recitando He aquí mi país.
Se trataba de su obra señera, declamada con una voz ronca, firme, iluminada por ese inusitado amor a la tierra que deparan los exilios dolorosos.
Nacido en Puerto Príncipe en 1928, el poeta haitiano vive en 1960 un momento histórico cultural donde la poesía ostenta de linterna mágica de la acción colectiva.
Es dentro de esa óptica redentora que anima el grupo Haití literario (1960), funda la revista Semillas (1961) y la estación de radio Cacique. En ese momento el pequeño Puerto príncipe asume su francofonía antillana con brío y voluntad de transformación social.
No obstante un prestigioso médico, François Duvalier, ducho en el arte de manipular las depauperadas masas campesinas, asienta su poder dictatorial; se hace popular blandiendo indecorosamente la ideología culturalista de la negritud, para darle legitimidad a su gobierno y, trata de aislar a las minorías libres.
Después de varios meses de cárcel Phelps se expatria hacia Canadá, donde encontrará a principios de los años sesenta, un espacio propicio para desarrollar holgadamente su obra; los vientos de la francofonía les son favorables.
En efecto la parte francohablante del vasto país dominado por los anglosajones, navega en las mutaciones sociales de la revolución tranquila (1960-1966). Suena la hora de la autonomía regional y una pléyade de escritores e intelectuales haitianos encuentran el terreno propicio para desarrollarse. Phelps brilla sin ambages y acuña una obra maestra: Mon país que voici, He aquí mi país (1966) que se difunde en un disco en su suelo natal.
El decenio siguiente obtiene dos galardones en el prestigioso premio de Casa de las Américas, que no se enclaustra en la hispanidad y se abre a la América francófona y anglófona de prosapia insular: El Ovejo Caribe (1980), La orquídea negra (1987). Fue también miembro del jurado en dicho premio.
De su ingente obra reconocida en Canadá, He aquí mi país se sitúa en la cúspide. Sin muchas vacilaciones creemos que es uno de los grandes poemas de lengua francesa; su poema no empalidece al lado de los del conde de Lautreamont, André Bretón, Paul Claudel, Peguy, Cesaire y otros.
Su ausencia en las librerías de Francia, y su involuntaria exclusión de la coronación simbólica que implica ser reconocido en esa gran capital de la francofonia que es París, ha reducido un reconocimiento más universal.
Incluso podríamos aseverar que los intelectuales haitianos que conocimos en nuestra larga estadía en la capital gala, habían escuchado susurrar su nombre, pero desconocían su obra.
He aquí mi País es un poema total; la magnitud de su aliento poético se asienta más en sus registros temáticos que en su dimensión versícula, extensa e intensa.
El hálito épico despunta, cantándole al Haití un tanto maltratado por la historia: Yo continuo oh mi país mi lenta marcha/ con un ruido de cadenas en el oído/ y sobre mis labios un sabor de sal y sol.
En sus versos, las vicisitudes de la historia haitiana y el lamento del sujeto poeta, implicado en el trágico acontecer de su país, se mancomunan de manera empática: No tenemos más labios para hablar/ llevamos a cuesta las desgracias del mundo/y los pájaros huyeron despavoridos de nuestro olor a cadáver La sobria grandeza de este poema radica en el paso sutil del yo poemático al nosotros de la historia.
El ritmo vesicular, la pulsación sonora, hace del largo poema más una tenue y patética construcción sinfónica que una exposición de imágenes pintorescas y vindicativas. Cierto, como en el gran canto del vate dominicano Pedro Mir Hay un país en el mundo, a veces tenemos la quimérica impresión que el discurso poético se desvanece en una reflexión conceptual insípida, o en una letanía telúrica de vejaciones y padecimientos de los respectivos pueblos, que se explica a través del peso abrumador ejercido por la ideología marxista.
Mas el poeta logra resarcirse, y por si hay dudas, nos previene sobre su condición existencial de morador de lo invisible, incompatible con el rústico lance ideológico: Yo continúo mi lenta marcha de poeta, pues poseo la vocación de lo invisible.
La historia haitiana pasa por el tamiz lírico y el yo poético, que asume el fardo social del sujeto colectivo (el pueblo haitiano), sin desdibujarse en una declamación coral.
El sujeto poeta padece las tinieblas de la dramática historia: Continúo mi lenta marcha entre las oscuras brumas, pues éste es el reino donde los navíos naufragan en las tinieblas, pero expresa el indecible júbilo de escribir, de recrear el lóbrego vivir de su pueblo que es también el suyo: yo regreso sobre la cálida música de mis palabras/ sobre el ala del poema y los catorce pies del verso/ enseño otra partición /recreo el repertorio de la voces quejumbrosas.
Phelps pese a la insospechable vastedad de su obra y a su estatura de vate antillano consagrado en Canadá, permanece injustamente en las sombras de los muros, anaqueles y mentideros parisinos y, es aún un gran desconocido en el Caribe hispano.
