Opinión

¿Antihaitianismo?

¿Antihaitianismo?

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El 9 de febrero de 1822, José Núñez de Cáceres pronunció unas proféticas palabras, luego de que el coronel Mariano Mendoza presentara las llaves de Santo Domingo al jefe invasor, Jean Pierre Boyer: “Las diferencias de origen, de lengua, de legislación, de costumbres, de tradiciones” (son un) “motivo poderoso para oponerse a su reunión en uno solo y mismo Estado, pues el porvenir se encargaría de probar, por los hechos, que esta afirmación estaba fundada en razones históricas” (Gustavo Mejía-Ricart: Historia de Santo Domingo. La dominación haitiana 1822-1844, 1948-52).

Las palabras de Núñez de Cáceres han conformado un eco que nos señala constantemente las marcadas diferencias entre las singularidades de Haití y República Dominicana, cuyos procesos históricos han sido disímiles: Haití emergió desde un oprobioso sistema de esclavitud, en donde el amo sometía al esclavo al más atroz de los trabajos, importando mano de obra fresca desde África —cuando el trabajador perdía cualidades—, a fin de economizar costos de mantenimiento, lo cual constituyó la razón fundamental del predominio allí de múltiples cualidades de la africanía tribal. Fue ese maltrato infligido a los esclavos lo que ocasionó la ira incontenible que los llevó a liberarse en 1804.

Sin embargo, nuestro proceso de formación como nación fue martillado por constantes abandonos y despojos, así como por tratados imperiales, todo adosado a un sistema eclesiástico vinculado a una España que no desarrolló la plantación en nuestro territorio como en otras islas del Caribe.

Por eso, nuestros modos de producción se limitaron a la cría de ganado, cultivo de tabaco, caña, cierta minería, aserraderos y conucos. En ese sistema de producción nuestra esclavitud se desarrolló de manera opuesta a la haitiana: amo y esclavo se reciprocaban afectos que los acercaba al compadrazgo, al juego de dominó y al desenlace sexual, creciendo así un maravilloso mulataje (William Walton, “A particular report of Hispaniola”, 1810).

Por eso, las palabras de Núñez de Cáceres, más los abusos cometidos por los invasores haitianos, fueron los motivos que impulsaron, en 1838, a Juan Pablo Duarte, Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandrino Pina, Félix María Ruiz, Benito González, Juan Nepomuceno Ravelo, Felipe Alfau, José María Serra y Jacinto de la Concha (a los que se adhirieron Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella, Pedro Antonio Bobea, Pedro Pablo Bonilla y otros), a fundar la sociedad La Trinitaria, con el firme propósito de echar a los haitianos de nuestro pedazo de isla (José Gabriel García, 1894).

Más tarde, y como parte de la estrategia trinitaria, muchos de sus miembros se aliaron a un movimiento haitiano cuyo objetivo era el derrocamiento de Boyer.

Y al revelarse a sí mismos como revolucionarios que trabajaban por la independencia dominicana, el nuevo presidente de Haití, Charles Hérard-Riviere, exilió o encarceló a los principales conspiradores.

Pero ya la chispa del sagrado fuego de la libertad había llegado a cada rincón de nuestro territorio y el 27 de febrero de 1844 se inició la lucha para expulsar a los invasores del suelo patrio.

El Nacional

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