Aunque la tensión es candente, una guerra entre EEUU e Irán aún luce poco probable

Trump


ESTADOS UNIDOS.- La tensión entre Estados Unidos e Irán es creciente y la retórica que los gobiernos de ambos países se lanzan entre sí es candente. Todo ello en el contexto de supuestos sabotajes o ataques, que algunos atribuyen a fuerzas iraníes, contra buques saudíes en el Golfo Pérsico, de ataques con cohetes en Irak lanzados presuntamente por milicias apoyadas por Teherán y de la presión estadounidense para que otros países dejen de realizar operaciones comerciales con Irán, país al que Washington considera un promotor del terrorismo y un factor de desestabilización en el Medio Oriente.

Con todo, en las últimas cuatro décadas, desde la Revolución Islámica en Irán en 1979, las relaciones de Washington con ese país han sido notoriamente malas y en algunos momentos han atravesado momentos de severa tensión y también de contradicciones. Para enfrentar al régimen iraní, Estados Unidos apoyó a Saddam Hussein en la guerra de Irak contra Irán y luego, viceversa, Washington operó la truculenta operación Irán-Contra para dotar de armamento a Teherán y, de pasada, favorecer a los antisandinistas.

Y, más recientemente, tras la debacle de Hussein y la reorganización de iraquí, Washington por un lado interactúo con Irán para enfrentar al Talibán en Afganistán y en paralelo ha tenido que enfrentar la creciente influencia iraní en Irak, en Líbano, en Yemen, en Siria (donde cuenta con poderosas fuerzas que son parte del apoyo al régimen de Bachar-el Assad, agobiado en una terrible guerra civil) y en otras regiones.

El antagonismo frontal entre Irán e Israel, y entre Irán y Arabia Saudí, ambos aliados de Estados Unidos, ha sido también parte del caldero a presión que existe en esa región.

Las cosas parecieron mitigarse luego del acuerdo nuclear que la administración de Barack Obama logró con Irán y en el que participaron otras potencias, con lo que se buscaba frenar el desarrollo de las capacidades militares atómicas de Teherán, pero la salida unilateral de EEUU de ese tratado decretada por Donald Trump, y la identificación que el actual presidente estadounidense hace de Irán como un enemigo frontal han caldeado nuevamente la situación.

Y algunos indicios señalan que se estaría alcanzando una temperatura ominosa.

Del lado estadounidense, el envío de 1,500 soldados, baterías de misiles Patriots, buques y aviones a la región del Medio Oriente, para incrementar las capacidades de respuesta militar de Washington en esa zona, han sido señalados como respuesta a amenazas crecientes. Y se maneja la posibilidad de enviar aún más militares, del orden de los 10,000 efectivos adicionales, para apuntalar las capacidades defensivas estadounidenses.

A ello hay que añadir la aprobación expedita, bajo el argumento de que existe una emergencia, de una venta de 8,000 millones de dólares en armamento estadounidense a aliados en el Medio Oriente, al parecer a Arabia Saudita, Jordania y Emiratos Árabes, redondean la percepción de un Irán “maligno” y “amenazante” al que hay que poner un alto. “Un final”, se dijo desde la Casa Blanca sobre el resultado para el régimen iraní si éste desatara una agresión armada.

Por su parte, aunque Teherán ha expresado también una retórica incendiaria y ciertamente proyecta influencia y poder a gran escala en la región, ha mantenido que no tiene previsto ninguna acción ofensiva contra Estados Unidos, aunque ciertamente (en el mismo sentido que la retórica de Washington) ha dicho que responderá con contundencia ante un ataque.

Así, la gran interrogante es si existe realmente un riesgo inminente de que Irán, Estados Unidos o un tercero lance un ataque que desestabilice la situación y conduzca a un enfrentamiento mayor o si todo, pese a su filo armado y comunicativo, es una escalada de tensión y bravuconería político-diplomática pero que no llegará a un conflicto militar.

Una guerra con Irán, además, sería un conflicto potencialmente devastador y al que, retórica aparte, no es claro si Estados Unidos está preparado o dispuesto para enfrentar. En lo estrictamente bélico sería inmensamente costoso en vidas y recursos y su oleaje crearía tal desestabilización y conflictos adicionales que podría abrir una caja de pandora de magnitud no vista en décadas.

Algunos han comentado que EEUU enfrentaría una guerra como no tenido desde, al menos, la Guerra de Vietnam y que, pese a la actitud beligerante y bravucona de Trump y sus asesores halcones, el pueblo estadounidense no desea ni toleraría tal conflagración. La economía global, por añadidura, sufriría severos golpes si tal conflicto tuviese lugar, aunque hay quien dice que en toda guerra hay razones económicas en el trasfondo que la hacen, para algunos, una opción atractiva.

Y aunque ciertamente existe el temor entre los estadounidenses de que podría desatarse en el futuro próximo un conflicto armado con Irán, y los movimientos de tropas, armas y adjetivos construyen un escenario de confrontación, no es claro que, por lo pronto, a Washington realmente le convenga implicarse en una guerra mayúscula.

Máxime cuando los escándalos que agobian a la Casa Blanca y la urgencia de Trump por apuntalar sus posibilidades, un tanto mermadas, de reelección son el principal motor de su accionar. Los desplantes de fuerza militar son usados recurrentemente, y con frecuencia con éxito, para mitigar problemas políticos internos y en ese sentido a Trump le agrada hacer exhibición de fuerza y músculo, para mandarle a Irán, y a los votantes estadounidenses, un mensaje de poder y de determinación.

Pero, al menos en el actual contexto, resulta poco probable que la tensión vaya a realmente estallar en una conflagración mayor, al menos por iniciativa estadounidense, pues ello operaría, al final, en detrimento de las aspiraciones presidenciales de Trump. l propio presidente ha dicho que no quiere una guerra con Irán y, aunque son conocidos sus vaivenes argumentales, con frecuencia ha criticado intervenciones militares en el pasado.

Figuras clave del gobierno de EEUU, como el secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor de seguridad nacional John Bolton son punzantemente antiiraníes, pero el presidente Donald Trump ha dicho que no quiere una guerra con Irán, si bien no desaprovecha la presente tensión para apuntalarse. (AP Photo/ Evan Vucci)

Figuras clave del gobierno de EEUU, como el secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor de seguridad nacional John Bolton son punzantemente antiiraníes, pero el presidente Donald Trump ha dicho que no quiere una guerra con Irán, si bien no desaprovecha la presente tensión para apuntalarse. (AP Photo/ Evan Vucci)

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Una guerra con Irán, de difícil justificación en el contexto actual, le restaría muy posiblemente apoyos electorales en momentos en el que Trump se lo juega todo en su apuesta de reelección y, en lo general, la ciudadanía de Estados Unidos no estaría, pese a los desplantes de sus voces más militaristas, dispuesta a implicarse en una guerra que traería tanto o más muerte, repudio y trastrocamientos que el pasado con Irak.

Pero el presidente sí se beneficia del enrarecimiento de la situación en Medio Oriente, le da munición para acusar a Obama y los demócratas de haber nutrido el “monstruo” iraní y ciertamente le gana simpatías entre los halcones y quienes ven en el régimen de Teherán un enemigo ideológico irreconciliable. Pero una guerra en sí le resultaría a Trump, se puede presumir, contraproducente y por ello es muy poco probable que suceda. Al menos en las presentes circunstancias.

Al régimen de Irán, también proclive al discurso incendiario, tampoco le conviene lanzarse de cabeza a un conflicto que sería devastador y en el que podría perder mucho en todos los sentidos.

Con todo, cuando se exacerban las tensiones se elevan también los riesgos de errores y descontroles. Y si fuese atacado, Estados Unidos previsiblemente respondería con fuerza. Por ende tampoco puede descartarse la posibilidad de un choque militar de manera absoluta.

En todo caso, salvo un evento inusitado, la tensión, la retórica y los desplantes continuarán, como lo han sido durante décadas, y lo que sí parece seguro es que, al menos mientras Trump ocupe la presidencia, es poco probable que se logre una reaproximación entre Washington y Teherán. Ese desencuentro da buenos dividendos electorales, al menos entre el círculo duro de Trump, y el presidente no puede actualmente darse el lujo, colocado detrás en las preferencias ante los punteros demócratas, de perder empuje desde su base principal.