Señor director:
He oído sobre el tema de los feminicidios opiniones tan diversas como las que culpan a los males de la sociedad y las que culpan al demonio, como una que salió recientemente en la sección de cartas de este diario.
Lo que en realidad no entiendo es cómo en una sociedad en la que todo parece estar bien, no hay día en que uno tome la prensa y no encuentre titulares como aquel de que una mujer fue asesinada de varias estocadas, una mujer fue muerta a manos de un pretendiente, exnovio, exmarido, exconcubino y cualquier ad e esos adjetivos que muchas veces se usan de manera diferente cuando se habla de una pareja de gente pobre y cuando se habla de una pareja de la alta sociedad.
La verdad es que esta sociedad tiene que revisar desde arriba hasta abajo el sistema educativo y propugnar por una educación en valores, pero además, tiene que ocuparse más del ser humano, porque mientras más gente hay, más necesario es que la gente sea atendida, porque surgen necesidades nuevas y más complejas. Eso aprendí en la escuela de sociología en los años 60 y 70, época que mucha gente quiere olvidar, porque todavía entonces no había hecho fortuna.
No quiero llenar este escrito de rencores y de frases que parecen nacidas del resentimiento, pero hemos tenido un Estado indolente, dirigido por gobiernos indolentes, y por eso se han multiplicado las muertes de mujeres, y por eso se difunde por la radio y por la televisión toda suerte de cosas, que nadie entiende por qué, en nombre de una libertad que muchas veces no alcanza a ser tan cierta, se permite su difusión.
No voy a referirme a los merengues, boleros y salsas que ensalzan al hombre machista y violento, pero sí al hecho de que se sigue fomentando la idea del hombre portador de la fuerza y la mujer que es buena cuando es sumisa, cuando se deja hacer lo que sea y no protesta.
Basta de eso.
Es hora de que todo el mundo tome conciencia y de que identifiquemos los culpables. Si entre ellos está el diablo, allá él, pero hay demonios en la tierra que ya lo sobrepasaron en malas artes y en indolencia.
Atentamente,
Rita Sánchez.
Santo Domingo.

