¿Amor relativo?
Señor director:
Desde el inicio del siglo 21, no pocos filósofos y neurocientíficos han bautizado a la cultura occidental como la cultura de la pantalla porque nuestras preocupaciones se basan en las «sensaciones» que nos imprime el bombardeo interminable, obsesionante y desconcertante que miles de canales de televisión en todo el orbe llevan a nuestros hogares, oficinas, fábricas, medios de transporte, y hasta ¡a los conucos de los campesinos!
Y, para que no quede la menor duda acerca de que vivimos una cultura de pantalla, durante los últimos cuatro o cinco años, el chat, twitter, internet y facebook , a través de ordenadores personales y de billones de celulares recibimos cosas buenas, estúpidas, nocivas, malas, aberrantes, desinformantes, aterradoras, malévolas, falaces, chistosas, nauseosas, chismes, instrucciones para asesinar o lecciones para hacerse un simulador profesional, vaguedades, insultos, lecciones sobre edeomanía, cómo drogarse, como conspirar, como prostituirse sexualmente, cómo planificar y ejecutar un robo, instrucciones para planificar una infidelidad conyugal, cómo desfalcar bienes públicos o privados y cómo ser un testigo falso exitoso.
A pesar de que a todos nos parece que la mayoría de estas cosas son inapropiadas y nos caen como martillazos, la verdad es que dejamos de ser «alguien», con la fuerza de juicio suficiente, para decirles a los que nos tienen atrapados en esa alucinante cultura de pantalla, que rechazamos ese animalismo porque nos infravalora, nos resta calidad como hechura de nuestro Creador, y nos vuelve infelices e inseguros, y como tales tendríamos una vida sin identidad, sin elocuencia y sin un espíritu idóneo superador de dificultades.
Lo más preocupante de todos los males de la cultura de la pantalla, ha sido la relativización del amor. A jóvenes y a viejos nos hace creer que, como el amor no es una dimensión, con longitud, masa, profundidad o velocidad, no hay por qué tenerle veneración o considerarlo un sentimiento que nos alienta, nos impulsa a la ternura, a proteger al desvalido y nos lleva a luchar por lo que creemos justo y verdadero.
Y, aunque tal cosa es cierta, es decir, que el amor no tiene masa, longitud ni velocidad, pero sí es tan real, de tanta expresividad, que es tan cuantitativo y que tenemos tanta conciencia de él, que no hay manera de percibirlo sólo como una «sensación».
Atentamente,
Dr. Pedro Mendoza.
Santiago.

