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Ciertas excentricidades de Santiago le dan un toque particular a su gente

Ciertas excentricidades de Santiago le dan un toque particular a su gente

Hay una condición excéntrica que, con una presencia de ánimo sedienta de antología, la gente suele llamar santiaguero.  Este gentilicio vale tanto para el cálido anecdotario como para la condición de habitante mediterráneo. Ser santiaguero no tiene que ser, por demás causa de orgullo.  El orgullo- y menos el arrogante- no es un don, no es una virtud, no es un linaje: es una distinción excluyente y auto excluyente, discriminatoria y por demás y en el peor de los casos, aldeana.

¿Qué pueblo no tiene, desde su condición humana, razones para sentirse digno y sentirse humano?  Nadie está obligado a imitar las aberraciones de otras “latitudes” donde este orgullo, el homenaje de la falsía a la fragancia de la superficialidad, abunda. Esos santiagueros que eran jóvenes en los ásperos y románticos años 70 tenían determinaciones dignas de los mejores tomos del romanticismo.
Baste consignar que a un grupo de ellos se les ocurrió organizar un grupo de exploradores llamados “scouts marinos” en un territorio que nunca, hasta hace apenas 40 millones de años, tuvo mar.

(La revelación sobre este grupo singular parte de Ramón Leonardo Blanco, que ofreció el dato en un acto cultural para conmemorar la desaparición de otro cantautor, Chico González, hace 15 años, organizado por el departamento de Cultura del cabildo, el pasado viernes).
En esa aventura excéntrica y socarrona sólo se le compararía un hombre de San José de las Matas que todavía a los 75 años de edad se vestía de “boy scout” y se sentía boy scout. Olvidó que ese es un “deporte” de adolescentes.

Necesario es consignar que Santiago, sus hijos, siempre han sentido en el alma el dolor sagrado de carecer de un entorno marino.
Hasta se han inventado en esa ciudad playas rumorosas, con arenas y cocoteros pero (sin agua), en lugares demasiado públicos.
Esa nostalgia por lo que nunca se tuvo es harto significativa.

Sin embargo, Santiago sí tuvo playa hasta el siglo XIX cuando ocurrió el desprendimiento político que convirtió en provincia a Espaillat.
Espaillat, que alberga a Moca, tiene un hermoso entorno playero en Gaspar Hernández, bañado por los alisios y el bello jade líquido del atlántico.
Alguien, no desprovisto de humor, ha advertido que con sólo tomarse de nuevo a Espaillat, por la fuerza del amor, y “recuperarla” (aunque con los mocanos nunca ha habido conflictos en Santiago, sino todo lo opuesto, las mocanas son bellísimas y sus tierras, sus casas y sus jardines) Santiago puede tener de nuevo playa marina para detener la “burla capitalina” que de vez en cuando asoma en un horizonte de sonrisa cruel.

EL DATO

El sueño
Bastaría tomarse amorosamente a Moca, que ya está tomada en el amor de santiagueros y mocanos para que los primeros tengan playa marina y se sanen definitivamente del “complejo capitalino”.

El Nacional

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