No diré que Conviction es una mala película ni tampoco que su historia no tiene ningún valor o trascendencia. Lo que sí puedo asegurar es que la adaptación a la pantalla de este drama de la vida real, no entrega todo lo que promete, ni satisface a plenitud como en principio pudiera esperarse.
La historia real de Betty Anne Waters (Hilary Swank), quien abandonó la escuela cuando teenager, y luego cuando su hermano el volátil Kenny Waters fue erróneamente acusado de un asesinato y condenado a cadena perpetua, tuvo la entereza y determinación de hacerse abogada y enfrentar al sistema para pelear su liberación; tiene sustancia, y es rica en matices y diversos aspectos como para crear un relato denso, intenso y contundente.
Sin embargo, el estilo blando y plano al que apeló el director Tony Goldwyn, al principio marcado por una forma libre de flashbacks, termina no sólo por privar de emoción y dramatismo a unos hechos que en esencia lo contienen, sino además por tornar demasiado predecible todo el tinglado.
Si a ello agregamos un elenco de lujo que incluye a la dos veces ganadora del Oscar (Swank), y un sólido grupo de secundarios, algunos de los cuales también han recibido nominaciones al premio de la Academia (Melisa Leo, Peter Gallagher, Rockwell. Minnie Driver, y Juliette Lewis); es como para que uno espere mucho más que un esquemático y en ocasiones, superficial tratamiento de esta irónica y trágica historia.
El título de Conviction, que arranca en 1980 y comprende casi dos décadas de la vida de Betty y su hermano Kenny, tiene gancho, al menos en su acepción original pero no así la narrativa del film. Y en el campo de las actuaciones, los unidos dos personajes que consiguen impactar y conmover al espectador son los de Driver (como la amiga de Betty), y Lewis como una ingrata y vengativa ex novia de Kenny.
Repito, Conviction no es un mal film; entretiene y convence a ratos, pero es más el tipo de película que uno vería con agrado en la televisión, pero no tanto pagando por ello en un cine.

