Antes de partir a Cuba, recibí la invitación que me hiciera el comandante Iván Márquez, jefe de la Delegación de Paz de las FARC, para conversar sobre la salida política al largo conflicto social armado en Colombia.
En esos diálogos, las FARC han exhibido una firmeza ejemplar, una contundente capacidad propositiva y una precisa e inequívoca vocación de paz, centradas en arrancar de raíz sus causas y abrir las compuertas a un nuevo modelo económico, social, político y cultural. Su verdadero rostro, no el ensuciado con calumnias, se ha proyectado con una sonrisa libertaria y un mensaje transformador.
En sentido contrario -a pesar de las positivas aproximaciones temáticas entre las partes- el gobierno no ha podido exhibir una conducta parecida por estar vanamente empeñado en imponerle a las fuerzas insurgentes una simple e inaceptable rendición; equivalente a entregar las armas y concurrir a elecciones, salpicada su actitud con gestos que lo diferencian del guerrerismo a ultranza.
A los que exigen entrega unilateral de las armas a las FARC y al ELN, hay que decirles que ellas no han sido la causa de esa guerra, sino respuesta obligada a la violencia social, económica, política, militar y paramilitar impuesta desde el Estado. Y son, por demás, la garantía de esos diálogos y, obligatoriamente, de los cambios demandados por la sociedad colombiana, sin los cuales no habrá paz; tal y como se registró a raíz de la desmovilización del M-19 y de la trágica experiencia electoral de la Unión Patriótica.
Viajé a la Habana con el respaldo del Movimiento Caamañista-MC y de Izquierda Revolucionaria-IR, portando mensajes de estímulo para los/as camaradas de las FARC; a todas luces empeñados/as a fondo en esas conversaciones -y más allá de ellas- en la construcción de una paz digna, impregnada de participación popular, soberanía nacional y justicia social.
Yo que he sido víctima del imperio y sus perros de presa colombianos por asumir una solidaridad merecida, ahora mucho más comprensibles desde los grandes valores humanos que encarna esa insurgencia indoblegable, salí el pasado jueves de mi país para ser partícipe de su noble esfuerzo pro-paz, en un momento crucial. Renuevo y actualizó así una vocación latinoamericanista que llevaré eternamente en mi corazón, y que en el caso colombiano hubo de desafiar perniciosos estigmas y pérfidas amenazas de muerte.
Han variado en dirección positiva en Colombia las circunstancias políticas, porque están creciendo impetuosamenre las fuerzas del cambio. Asistimos, por tanto, a esta convocatoria, con la esperanza de fructíferos intercambios, de cuyo contenido procuraré informarle al país dominicano la próxima semana, a mi retorno de esta Cuba heroica y hospitalaria.
Soy de la creencia de que ya las fuerzas destructivas colombianas, pierden dialogando y pierden también rompiendo el diálogo.

