La películaBlack Swan (Cisne Negro) ha sido un escándalo. La industria canta villancicos con las ventas y los record de taquillas, los cineastas han acudido en masa a las salas y los críticos la aplauden a rabiar pero hay un punto de vista que falta ¿Cuál es la opinión de quienes enseñan, estudian o o ejercen el ballet como carrera o profesión?
La gente se forma en hileras para verla, estimulada por una corriente de voces que la recomiendan. Ha roto, incluso, los record de venta de entradas para Fine Arts. Remencionada en los corrillos del mundo del cine como aspirante a los oscares y ya nominada a los Globos de Oro, la obra fílmica no deja indiferente a nadie.
Cisne Negro es sinónimo de un esquema de efectos especiales sorprendentes e insinuantes, ejecutados en aproximaciones sucesivas, ajustados a un proceso de sublimación y condicionamiento que pocas veces se logra en pantalla, evidencia de una mano maestra tras de cámara. Dentro de la lógica de la industria norteamericana, cualquier película que tenga estas condiciones, habrá de resaltar dada la mediocridad del entorno artesanal de consumo masivo para imágenes e historiadas disparatadas. Esto ocurre con Black Swan. Y ciertamente la película y su director Darren Aronofsky ofrecen una magistral lección de imagen aplicada al ballet, a la truculenta trama que vincula, casi engañando el cinéfilo, en un festival que cruza verdad y ficción (dentro de toda la ficción de la historia) para generar una experiencia cinematográfica ciertamente no abundante.
La película tiene calidad y hay que verla. Y en no pocos casos hay que verla dos veces, sobre todo por la ejecución del Cisne Negro cuando la protagonista se transforma. Independientemente de sus inclinaciones hacia los oscares, de su mercadeo fundamentado en calidad y talento y en una trama que nos involucra y estremece. Y ese es su problema: la dualidad de situaciones para el espectador común y corriente. La construcción del filme por parte de Aronofsky tiene tan bien estructurada su oferta, sobre todo visual y la imaginativa, que al final, con todo el gusto que produce verla, quedan rasgos de inconexión y preguntas en el aire.
Pero queda una cuestión abierta como piedra de toque en la garganta: ¿Una madre que vea Cisne Negro y que se acepte la idea de la innombrable competencia entre las primeras balerinas por un papel, quedará con el gusto de inclinar una hija suya hacia este arte? ¿ Qué imagen nos queda de los ejecutantes de la danza? En esta parte de la historia, las calificaciones quedan en rojo. La imagen del ballet como arte escénico muestra un envez nada agradable.
La propuesta como cine encandila las pupilas y atrae a la gente como el plato de miel destellea frente a las abejas. El director sabe contar visualmente una historia y se mete en la subjetividad impactante de la danza noble.
Habría que establecer que la protagonista es actriz, no bailarina (lo que no la desmerita sino al contrario), y que debió entrenar con Mary Helen Bowers, antiguo miembro del New York City Ballet.

