Los 50 años que han transcurrido desde el tiranicidio de 1961 desmienten la popular frase de que muerto el perro, se acabó la rabia. La cultura trujillista no ha desaparecido con la muerte del déspota. Antes que enterrarla, sobre todo en lo que respecta al paternalismo y la ambición de poder, los gobiernos que se han sucedido no han hecho más que reproducirla. Y para dar más vigencia al fantasma la herencia de la dictadura, como los 12 centrales del Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y las 24 firmas de la Corporación Dominicana de Empresas Estatales (Corde), ha sido dilapidada por la corrupción. El desastre administrativo y el gran déficit que todavía prevalece en la construcción de un sistema democrático remite con frecuencia a ese pasado que ha debido ser recordado como una época tenebrosa. No puede ser que medio siglo después se establezcan comparaciones, en el marco de cada época, en sectores como la educación, la salud y el desarrollo. La conducta de los profesionales del antitrujillismo ha contribuido en gran medida a dar vigencia al trujillismo al reproducir la intolerancia o respaldar, aunque sea con el silencio, la humillación social que quiere justificarse como si se tratara de una cultura del poder. Los asesinatos, apropiación del patrimonio público para someter a la población, la represión, la seguridad y toda suerte de violaciones son tan censurables tanto la siniestra Era de Trujillo como bajo el sistema democrático. La cultura trujillista está tan arraigada que el cambio, al menos en lo que respecta al respeto, libre juego de las ideas y ejercicio pleno de las libertades, no ha pasado de ser metafórico. No es con museos ni proclamas que se va a sepultar el trujillismo, sino desterrando la cultura que fomentó para convertir la nación en un feudo y a los dominicanos en súbditos. El trujillismo era más que la eliminación física, la persecución o el destierro de sus opositores.

