Ayer se apersonaron a mi casa varios amigos y amigas, horrorizados por la instigación al asesinato que hiciera un par de diputados al jefe de la Policía, y que en otro país ameritaría su inmediata destitución. Les dije que es culpa nuestra el que un grupo de patanes nos rija desde el Congreso, porque les hemos dejado ese hoy antro de malhechores, con honrosas excepciones, a una banda de primates.
Olvidando su procedencia y embriagados con el vino, con la corbata, o con los zapatos que nunca pudieron ponerse, esta partida de energúmenos que hoy avergüenza a la nación, pretende borrar sus orígenes, no entendiendo la inutilidad de esta pretensión en una sociedad donde la estratificación de clases es férrea. Si no, pregunten por qué algunos peloteros devenidos en magnates no han podido penetrar en los clubes de yates, o por qué se han elevado estratosféricamente las tarifas de inscripción en los clubes sociales de las tradiciones clases medias altas y altas.
Socialmente irresponsables, estos comerciantes de la vida nacional, literalmente hablando, se han metido ahora a pontificar sobre el bien más sagrado de un país: su niñez y juventud, renegando, de paso, de todas las enseñanzas religiosas que parten de la sentencia divina de que todo lo que se haga en bien o en mal de la niñez es a la divinidad que se lo hacen. Más les valdría ponerse un block al cuello y tirarse al mar, dijo Jesucristo, y estén seguros de que seguiremos el mandato divino al pie de la letra cuando de tirarlos al mar (aunque, pensándolo bien, lo contaminaríamos) se trate.
La joven abogada Amelia Conde, tras analizar los diferentes hechos punibles que a diario nos arropan, nota el aumento drástico de crímenes y delitos cometidos por menores de edad, la cantidad de crímenes cometidos por mujeres en nuestro país, y, lo que es peor aún, la reincidencia de los jóvenes en cometer los mismos actos y otros peores, después de haber sido sometidos a los llamados centros privativos de libertad, donde su presencia es rebosante, en comparación con la cantidad de centros carcelarios que hay en el país.
Si no caben en las cárceles, ¿qué mecanismo habría que crear para la rehabilitación de estos muchachos y muchachas? La prestación de servicios comunitarios, que no es la más fácil de las soluciones, porque implica el involucramiento de la comunidad (en un país acostumbrado a las soluciones mágicas) en la creación de comités barriales de mediación frente a la Policía y/o al sistema judicial, donde, con el apoyo de las fiscalías, se involucre a la juventud en acciones comunitarias. ¿Cuáles? Esperen el próximo artículo.

